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Así que él y el nuevo mudo se pusieron en marcha, y el rey se echa a reír y suelta:

—Conque se ha roto el brazo, vaya, justo a tiempo, ¿no? Y muy cómodo para un mentiroso que tiene que hablar por señas y que no se las ha aprendido. ¡Han perdido su equipaje! ¡Ésa sí que es buena! Y resulta muy ingenioso, en estas circunstancias.

Así que volvió a reírse, igual que todo el mundo, salvo tres o cuatro, o quizá media docena. Uno de ellos era el médico, otro un caballero de aspecto astuto, con una bolsa de tela de esas anticuadas, hecha de tejido para alfombra, que acababa de desembarcar del barco de vapor y que hablaba con el médico en voz baja, mientras miraban al rey de vez en cuando y hacían gestos con la cabeza: era Levi Bell, el abogado que había ido a Louisville, y otro era un tipo alto y robusto que se había acercado a oír lo que decía el anciano y que ahora escuchaba al rey. Y cuando terminó el rey, el tipo robusto va y dice:

—Oiga, una cosa: si es usted Harvey Wilks, ¿cuándo llegó usted al pueblo?

—El día antes del funeral, amigo mío —dice el rey.

—Pero, ¿a qué hora?

—Por la tarde, una hora o dos antes del anochecer.

—¿Cómo Legó?

—Vine en el Susan Powelldesde Cincinnati.

—Entonces, ¿cómo es que estaba usted aquella mañana en la Punta, en una canoa?

—Aquella mañana yo no estaba en la Punta.

—Miente.

Unos cuantos se le echaron encima y le dijeron que no hablara así a un viejo que además era predicador.

—De predicador, nada; es un mentiroso y un estafador. Aquella mañana estaba en la Punta. Yo vivo allí, ¿no? Bueno pues allí estaba yo y allí estaba él, y yo lo vi. Llegó en una canoa, con Tim Collins y un muchacho.

El médico va y dice:

—¿Reconocería usted al muchacho si volviera a verlo, Hines?

—Calculo que sí, pero no lo sé. Vaya, ahí está. Lo reconozco perfectamente.

Y me señaló. El médico dice:

—Vecinos, no sé si estos nuevos son dos mentirosos o no, pero si no lo son, es que yo soy idiota, es lo que digo. Creo que tenemos que impedir que se vayan de aquí hasta que lo hayamos aclarado todo. Vamos, Hines; venid todos vosotros. Vamos a llevar a estos tipos a la taberna a enfrentarlos con los otros dos y seguro que antes de terminar habremos averiguado algo.

A la gente le encantó aquello, aunque quizá no a los amigos del rey; así que nos pusimos en marcha. Era hacia el atardecer. El médico me llevó de la mano y estuvo muy amable, pero nunca me soltó.

Entramos todos en una gran habitación del hotel y encendieron unas velas e hicieron venir a los dos nuevos. Primero el médico dice:

—No quiero ser demasiado duro con estos dos hombres, pero yo creo que son unos estafadores y quizá tengan cómplices de los que no sabemos nada. En tal caso, ¿no se escaparán los cómplices con el saco de oro que dejó Peter Wilks? No sería raro. Si estos hombres no son estafadores, no se opondrán a que vayamos a buscar el dinero y lo guardemos hasta que demuestren que no lo son; ¿no os parece?

Todo el mundo estuvo de acuerdo. Así que pensé que desde el primer momento habían metido a nuestra banda en un apuro bien serio. Pero el rey no hizo más que poner cara de pena y decir:

—Caballeros, ojalá estuviera ahí el dinero, pues yo no soy de los que ponen obstáculos a una investigación justa, abierta y a fondo de este triste asunto; pero, por desgracia, el dinero no está; pueden enviar a buscarlo, si quieren.

—¿Dónde está, pues?

—Bueno, cuando mi sobrina me lo dio para que se lo guardara, lo escondí en el colchón de mi cama, porque no quería llevarlo al banco sólo para unos días y pensé que la cama sería un lugar seguro, pues no estamos acostumbrados a los negros y supuse que eran honestos, igual que los criados ingleses. Los negros lo robaron ala mañana siguiente, cuando yo bajé, y cuando los vendí todavía no me había dado cuenta de que faltaba, así que se fueron con él. Aquí mi criado se lo puede confirmar, caballeros.

El médico y varios dijeron «¡vaya!», y vi que nadie se lo creía del todo. Un hombre me preguntó si había visto a los negros robarlo. Dije que no, pero que los había visto salir a escondidas de la habitación y marcharse y que nunca había pensado nada malo, porque creí que se habían asustado de haber despertado a mi amo y trataban de marcharse antes de que él los reprendiera. No me preguntaron nada más. Entonces el médico se volvió hacia mí y preguntó:

—¿Tú también eres inglés?

Dije que sí y él y otros se echaron a reír y dijeron: «¡Bobadas!»

Bueno, entonces siguieron con la investigación general, que continuó con sus altibajos, hora tras hora, y nadie dijo ni palabra de cenar, parecía que ni siquiera se acordaban de ello, así que siguieron y siguieron y resultó de lo más complicado. Hicieron que el rey contara su versión, y después que el anciano contara la suya, y cualquiera que no hubiera sido una mula llena de prejuicios habría visto que el caballero anciano decía la verdad y el otro mentiras. Y luego me obligaron a contar lo que yo sabía. El rey me miró de reojo y me di cuenta de qué era lo que me convenía decir. Empecé a hablar de Sheffield y de cómo vivíamos allí y de todos los Wilks que había en Inglaterra, y todo eso; pero no había dicho gran cosa cuando el médico se echó a reír y después Levi Bell, el abogado, va y dice:

—Siéntate, muchacho; yo que tú no me cansaría. Calculo que no estás acostumbrado a mentir y no te resulta fácil; te falta práctica. Lo haces bastante mal.

Aquel cumplido no me agradó mucho, pero en todo caso celebré que me dejaran en paz.

El médico empezó a decir algo y luego se da la vuelta y dice:

—Si hubieras estado en el pueblo desde el principio, Levi Bell…

El rey interrumpió, alargó la mano y dijo:

—Pero, ¿éste es el viejo amigo de mi pobre hermano que en paz descanse, del que me decía tantas cosas en sus cartas?

El abogado y él se dieron la mano y el abogado sonrió con aire satisfecho y estuvieron charlando un rato y después se apartaron a un lado y hablaron en voz baja, y por fin el abogado habla en voz alta y dice:

—Así se arreglarán las cosas. Hacemos el pedido y lo enviamos, junto con el de su hermano, y así verán que todo está en orden.

Así que trajeron un papel y una pluma, y el rey se sentó, hizo la cabeza a un lado, se mordió la lengua y garrapateó algo; después le pasaron la pluma al duque, y por primera vez puso cara de apuro. Pero tomó la pluma y escribió. Entonces el abogado se vuelve al anciano recién llegado y le dice:

—Usted y su hermano escriban, por favor, una línea o dos y firmen con su nombre.

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