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Yegórov se justifica ingenuamente: dice que «el artículo lo ha escrito un político eminente cuya opinión, con independencia de que fuera o no compartida por la redacción, tiene un interés general». Más adelante añade que no ve difamación alguna en las afirmaciones de Savínkov: «no olvidemos que Lenin, Natanson y Cía. llegaron a Rusia vía Berlín, es decir, que las autoridades alemanas les ayudaron a regresar a la patria», puesto que así ocurrió realmente: la Alemania del Kaiser, a la sazón en guerra, había ayudado al camarada Lenin para que regresara.

Krylenko exclama que no pretende acusar al periódico de difamación (¿pues entonces de qué?), que están juzgando al periódico ¡por intento de influir en la opinión!(¡Habráse visto: un periódico con semejantes intenciones!)

Tampoco se hace responsable al periódico por la frase de Savínkov: «hay que ser un criminal insensato para afirmar con toda seriedad que el proletariado mundial nos va a brindar apoyo», pues no hay duda de que acabarán apoyándonos...

La condena fue exclusivamente por el intento de influir en la opinión: un periódico que se publicaba desde 1864, que había sufrido todos los periodos de reacción imaginables: el de Uvárov, Pobedonóstsev, Stolypin, Kasso y un sinnúmero más, ¡ahora quedaba cerrado por siempre ! (¡Por un solo artículo, por siempre! ¡Así es como hay que gobernar!) En cuanto al redactor Egórov... —¿cómo no les da vergüeza tanta clemencia? ¡Ni que estuviéramos en Grecia!—, tres meses en una celda incomunicada. (Pero, en fin, sólo estábamos en 1918. Si el viejo sobrevivía, ya volverían a encerrarlo, ¡y después, aun tantas veces más como hiciera falta!)

En aquellos procelosos años, por extraño que parezca, los sobornos se daban y recibían con la mayor exquisitez, como siempre fue en la antigua Rusia, y como siempre será en la Unión Soviética. Las ofrendas llegaban incluso —y sobre todo— a los organismos judiciales. Y —¿nos atrevemos a decirlo?— también a la Cheká. Los tomos de historia encuadernados en rojo, estampados con letras de oro, guardan silencio, pero los viejos, que fueron testigos, recuerdan que en los primeros años tras la Revolución —a diferencia de lo que ocurriría en época de Stalin— la suerte de los presos políticos dependía enormemente de los sobornos: los aceptaban sin sonrojo y después cumplían con honestidad y soltaban a los detenidos a cambio del dinero. Hasta Krylenko, que sólo recoge una docena de procesos en cinco años, habla de dos en los que hubo soborno. ¡Qué descorazonador!, los tribunales revolucionarios, tanto el Supremo como el de Moscú, avanzaban hacia la perfección por tortuosos vericuetos: ambos habrían de ver empañada su honradez.

El proceso contra tres jueces de instrucción del Tribunal Revolucionario de Moscú(abril de 1918). En marzo de 1918 fue detenido un tal Beridze, que traficaba con lingotes de oro, y su esposa, como era habitual en aquella época, se puso a buscar el modo de comprar su libertad. A través de una serie de amistades logró dar con uno de los jueces de instrucción, quien a su vez metió a otros dos en el ajo. Tuvieron una reunión secreta y le exigieron a la mujer 250.000 rublos, que se redujeron a 60.000 tras algunos regateos. Había que pagar la mitad por adelantado y mantener el resto de contactos a través del abogado Grin. Todo habría discurrido en silencio —al igual que se culminaban sin tropiezos tantos cientos de arreglos semejantes— y no habría llegado a la crónica de Krylenko, y por tanto a estas páginas (¡ni tampoco a una sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo!), de no haber empezado la esposa a tacañear. En efecto, en lugar de los 30.000 rublos acordados como anticipo, la mujer sólo le entregó a Grin 15.000. Pero más importante aún es que, dejándose llevar por una inquietud muy femenina, decidió que el abogado ese no era de confianza, así que a la mañana siguiente se dirigió a otro, apellidado Yakúlov. Aunque la crónica no dice exactamente quién aireó el asunto, parece que fue Yakúlov el que decidió apretarles las clavijas a los jueces de instrucción.

Lo interesante de este proceso es que todos los testigos, empezando por la infeliz esposa, hicieron lo posible por declarar en provecho de los jueces acusados y desarmar a la acusación (¡algo imposible en un proceso político!). Krylenko explicaba así esta actitud: aquellos testigos tenían una mentalidad pequeñoburguesa y veían a nuestro Tribunal Revolucionario como algo ajeno. (Permítase que supongamos, también desde una mentalidad pequeñoburguesa, que acaso tras medio año de dictadura del proletariado los testigos hubieran aprendido a tener miedo.Porque si el Tribunal Revolucionario había decidido hundir a sus propios jueces de instrucción, era que iban a por todas. Y si ellos declaraban culpables a los suyos, ¿qué podían esperar los testigos?)

También resulta interesante la argumentación del acusador. Téngase en cuenta que hasta hacía un mes los acusados habían sido sus compañeros de lucha, sus aliados y auxiliares, personas firmemente adictas a la Revolución. Uno de ellos, Leist, había sido incluso «un acusador severo, capaz de lanzar rayos y truenos sobre cualquiera que atentara contra los cimientos del socialismo». ¿Qué iban a decir ahora contra ellos? ¿Dónde iban a encontrar algo que pudiera mancharlos? (porque por sí sólo, el cohecho no manchaba lo bastante). Pues muy fícil: ¡en su pasado!,¡en su curriculum!

«Si se examina más de cerca» a ese Leist «aparecen datos extraordinariamente dignos de atención.» ¡Menuda intriga!: ¿se tratará de un empedernido arribista? Pues no, ¡pero su padre era catedrático de la Universidad de Moscú! Y no un catedrático cualquiera, ¡sino uno que había mantenido su puesto durante veinte años a pesar de todos los periodos de reacción, y sólo porque la política le resultaba indiferente! (En realidad, también pese a la reacción, al propio Krylenko lo habían admitido en la universidad como alumno externo...) ¿A quién podía extrañar, pues, que el hijo de ese catedrático estuviera haciendo un doble juego?

Otro de los jueces, Podgaiski, era hijo de un funcionario judicial, que como mínimo debía de haber militado en las Centurias Negras.* De no ser así, ¿cómo habría podido servir durante veinte años en los órganos judiciales? Y su criaturita también estaba preparándose para la carrera judicial, pero vino la Revolución y se tuvo que enchufar en el Tribunal Revolucionario. ¡Esta trayectoria, que hasta ayer se entendía noble, ahora resultaba repugnante!

Sin duda alguna, el caso más abominable de los tres era el de Guguel, un antiguo editor. ¿Qué alimento espiritual había ofrecido a obreros y campesinos? Este hombre «abastecía a las masas con obras de ínfimo valor», no les ofrecía Marx, sino libros de profesores burgueses de renombre universal (no tardaremos en verlos también a ellos en el banquillo de los acusados).

Krylenko está colérico, no da crédito a sus ojos: ¿Qué clase de personas se ha infiltrado en el tribunal? (No crean, también a nosotros nos desconcierta: ¿dónde están los obreros y campesinos que dan nombre a estos tribunales? ¿Cómo ha podido el heroico proletariado poner la destrucción de sus enemigos en manos de estas gentecillas?)

Y por último, el abogado Grin, que antes andaba por la sección de instrucción como Pedro por su casa y podía poner en libertad a quien quisiera, resultó ser: «un típico espécimen de esa variedad del género humano que Marx denomina sanguijuelasdel sistema capitalista», especie de la que formaban parte los gendarmes, los sacerdotes y... los notarios (pág. 500), además de todos los abogados, como es natural.

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