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Pero a pesar de que trataron de preparar un buen caso contra él, apenas lograron que lo condenaran a tres años. Cuando arribó al río Amur fue dejado sin vigilancia de inmediato. Su novia se le reunió allí y se casaron.

Era rara la noche en que ambos no soñaran con Leningrado. Y estaban listos para volver allí en 1935. Pero nuevas olas de presos comenzaron a llegar en esa dirección

Natalya Pavlovna también observaba a su esposo con atención. Había habido un tiempo en que miraba los cambios de su cara, visto cómo los labios se hacen duros, los ojos se volvían fríos, aun crueles, detrás de sus lentes. Illarion Pavlovich dejó de molestar a la gente y dejó de recitar "con su permiso". Constantemente era reprochado por su pasado. Era echado de un lugar y tomado en otro con trabajos inadecuados para una persona de su educación. Los llevaron de lugar en lugar, pasaron penurias, perdieron una hija y un hijo. Y finalmente decidió arriesgar todo y regresó a Leningrado. Arribaron en junio de 1941.

Allí encontraron aún más difícil que nunca lograr vivir en unas circunstancias tolerables. El cuestionario de seguridad del esposo colgaba de él como una advertencia. Sin embargo el fantasma de laboratorio creció más fuerte que antes por la ardua tarea física que debió tomar por falta de otra cosa mejor. Sobrevivió el trabajo de trincheras penosamente. Con la primera nieve se convirtió ¡en un sepulturero!

La siniestra profesión era la más solicitada y la más provechosa en la ciudad sitiada. Como un tributo final a los muertos los sobrevivientes daban a los sepultureros sus mendrugos de pan.

Uno no podía comer ese pan sin temblar. Pero Illarion encontró una excusa para sí mismo: "La gente no se apiadó de nosotros; tampoco les tendremos lástima.

La pareja sobrevivió. Pero ya antes del fin del bloqueo, Illarion fue arrestado por intentode traicionar su país. En Leningrado muchos fueron arrestados por intento. Después de todo no podían acusar a la gente por traición directamente, si no habían estado en un territorio ocupado.

Natalya miró cuidadosamente a su marido, pero, extrañamente, no encontró trazas de los años dificultosos. Sus ojos miraban con calma inteligencia a través de sus lentes. Sus mejillas no estaban sumidas. No tenía arrugas. Su traje era caro. Su corbata estaba cuidadosamente enlazada.

Parecería que la que estaba prisionera hubiera sido ella.

Y su primer pensamiento poco generoso fue que él estaba viviendo muy bien en esa prisión especial. No era perseguido, estaba ocupado con trabajos científicos, no tenía que pensar en los sufrimientos de su esposa.

Aplastó ese pensamiento de poca piedad.

Preguntó con débil voz: —¿Y cómo andan las cosas?

Y había tenido que esperar doce meses por esa visita, pensar en su marido 360 noches en su fría cama de viuda para luego preguntarle: —¿Y cómo andan las cosas?

Y Gerasimovich cuya vida nunca había sido libre, cuyo mundo había sido el de los convictos en la taiga y los interrogatorios en las celdas y los desiertos y que no gozaba de bienestar en la institución secreta, contestó: —No del todo mal.

Sólo tenían media hora. Los segundos pasaban. Había docenas de preguntas que hacerse y deseos y quejas que comunicarse. Y Natalya Pavlovna preguntó: —¿Cuándo supiste que podía visitarte?

—Anteayer. ¿Y tú?

—El martes. El teniente coronel me preguntó recién si era tu hermana.

—¿Por qué usamos el mismo patronímico?

—Sí.

Cuando se habían ennoviado y cuando más tarde vivieron en el río Amur, siempre los tomaron por hermano y hermana. Había entre ellos un parecido feliz y una íntima semejanza que hacían de ellos una pareja más profunda que la de marido y mujer.

—¿Cómo están las cosas en el trabajo?

—¿Por qué preguntas? — preguntó ella ansiosa—. ¿Lo sabes?

—¿Qué?

El sabía algo, pero no sabía si era lo que ella quería decir. Sabía que afuera las esposas de los prisioneros eran perseguidas. Cada vez más.

Pero ¿cómo iba a saber que el último miércoles su mujer había sido despedida de su puesto porque estaba casada con él? En los últimos tres días, habiendo sido notificado de la próxima visita, ella no había tratado de lograr un nuevo trabajo. Había esperado este encuentro, como si un milagro pudiese ocurrir y éste pudiera iluminar su vida con una gran luz, mostrándole lo que debía hacer.

Pero, ¿cómo iba él precisamente a darle el consejo adecuado, él que había sido apresado por tantos años y no sabía nada de las modalidades actuales?

Natalya tenía que decidirse: renegar o no de él...

En esa pieza gris y pobremente calentada, en la sucia luz de la ventana con barras, trascurría la visita y su esperanza en un milagro se extinguía.

Comprendió que en esa escasa media hora no podría comunicar su soledad y sufrimientos a su marido, que se estaba moviendo por sus propios rieles y de su vida establecida. El no hubiera entendido nada de todos modos; ¿para qué preocuparlo?

El guardia se movió hacia un costado de la habitación y examinó la pintura de la pared.

—Háblame de ti —dijo Illarion Pavlovich tomando la mano de su esposa a través de la mesita. En sus ojos relumbraba esa ternura que había ardido por ella en los más crueles meses del bloqueo de Leningrado.

—¡Larik! ¿Hay alguna posibilidad de "descuentos"?

Ella se refería a su vida en el campo del río Amur donde le computaban dos días por cada uno de su condena y su término había sido reducido.

Illarion negó con la cabeza: —¿Cómo voy a lograr reducción? No hacen eso aquí y lo sabes. Sólo si inventase algo grande aquí, entonces te dejan salir antes. Pero el inconveniente es que los inventos —(y miró al guardia vigilante de espaldas)— son, bueno, extremadamente indeseables.

No podía decirlo más claramente.

Tomó las manos de su mujer y las acarició suavemente contra su mejilla.

En el helado Leningrado no había vacilado cuando aceptaba la porción de pan por el sepulcro, de alguien que necesitaría que lo enterraran a él mismo al día siguiente. Pero ahora no podría...

—¿Estás triste sola? ¿Estás muy triste? — le preguntó tiernamente aún acariciando su mano con su mejilla.

—¿Triste? — Ahora su corazón se sobresaltaba porque su visita casi había terminado y ella debería pronto levantarse e irse de Lefortovo sin enriquecerse con nada, por las calles sin alegría de la ladera, sola, sola, sola. Con el embrutecimiento sin propósitos de cada día y cada acción. Con nada dulce ni nada agudo, nada amargo; una vida como algodón gris.

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