Le permitió que la abrazara y hasta que la besara, pero cuando lo hizo, los labios de ella y sus manos quedaron muertas.
—¡Qué difícil es! — se lamentaba—. Yo creía que el amor era como la llegada de un ángel de fuego. Tú me amas y nunca encontraré alguien que más me agrade, y sin embargo, esto no me hace feliz. No deseo vivir de manera alguna.
Algo infantil había detrás de ella. Temía los misterios que ligan al hombre y a la mujer en el matrimonio y con voz caída, ahogada, preguntaba —¿No podríamos suprimirlo? — Antón le respondía excitado —¡Pero esto no es lo más importante después de todo! Es solamente algo que acompaña la comisión espiritual. Entonces por la primera vez sus labios se movieron débilmente en un beso, y dijo —Gracias. De otro modo ¿cómo, podría alguien desear vivir sin amor? Pienso que empiezo a quererte. Trato realmente de hacerlo.
Aquel mismo otoño estaban hablando una tarde temprano a lo largo de las calles de Taganka, cuando dijo Agniya en un silbido de voz, muy difícil de oír con el ruido de la ciudad —¿Te gustaría que te enseñase uno de los lugares más hermosos de Moscú?
Lo condujo sobre un vallado que rodeaba una pequeña iglesia de ladrillo, pintada de blanco y rojo, cuyo santuario, con su altar mayor, estaba escondido en una tortuosa callejuela sin nombre. Dentro del vallado había solamente un estrecho camino que rodeaba la pequeña iglesia para procesión de la cruz, apenas del ancho necesario para que el sacerdote y el diácono pudieran caminar uno al lado del otro. A través de las altas ventanas de la nave podían verse, muy en el fondo, las apacibles llamas de las velas del altar y las lámparas de color del icono. De un lado, dentro del vallado, crecía un ancho y viejo roble, más alto que la iglesia. Sus ramas, casi amarillas, sobrepasaban la cúpula y el lado de la calle, dando la impresión de que la iglesia fuera más pequeñita aún.
—Esta es la iglesia del Mártir Nikita —dijo Agniya.
—Pero no es el sitio más hermoso de Moscú.
—Espera un poco.
Lo condujo a través de la puerta al patio de piso de piedra que estaba cubierto de hojas amarillas y naranjas. A la sombra del viejo roble había un campanario en forma de tienda de campaña. La torre y una pequeña casa adosada a la iglesia tapaban casi el sol ya poniente. Las dobles puertas de hierro del vestíbulo norte estaban abiertas y una anciana mendiga parada allí se santiguó en medio de los cantos de vísperas que salían de adentro.
— Esta iglesia fue famosa por su belleza y su esplendor, —le susurró Agniya, poniendo su hombro muy próximo del suyo.
—¿De qué siglo es?
—¿Para qué quieres saber el siglo? ¿No es maravillosa?
—Muy hermosa, sin duda, pero no...
—Entonces ¡mira! — dijo Agniya, soltándose de su brazo y tomándolo de la mano Agniya lo llevó rápidamente a la puerta mayor. Salieron fuera de la sombra a una zona de luz del sol poniente, y se sentaron sobre el parapeto bajo de piedra, donde terminaba la muralla.
Antón recuperó su respiración. Era como si hubieran emergido súbitamente de la populosa ciudad sobre una altura con ancha vista abierta a la distancia. Una larga escalera de piedra blanca salía fuera del pórtico y se abría en muchos radios sobre la tierra; hacia abajo de la colina, sobre el río Moscú. El río parecía llamear en el atardecer. Sobre la izquierda el Zamoskvorechye irradiaba encegadores reflejos amarillos desde los vidrios de sus ventanas, y debajo, a casi un pie, la negra chimenea de la planta de la Usina Eléctrica de Moscú arrojaba humo sobre el cielo del poniente. En el río Moscú desembocaba el brillante Yauza; más allá, a la derecha del ensanche, el Hospital Foundling; y detrás se alzaba el agudo contorno del Kremlin. Más allá todavía, las cinco cúpulas de oro de la Catedral de Cristo Salvador, llameaban al sol.
En aquella claridad dorada, Agniya, con un chal amarillo sobre los hombros, pareciendo dorada ella también, se sentó mirando al sol.
—¡Sí, esto es Moscú! — dijo entusiasmado Antón.
—¡Qué bien elegían los antiguos rusos los lugares para las iglesias y los monasterios! — dijo Agniya, con voz quebrada. — He viajado por el Volga, y más allá de Oka. En todas partes han construido en los sitios más majestuosos.
—Sí, esto es Moscú, — repitió Antón.
—Pero está desapareciendo, Antón, — dijo Agniya—, ¡Moscú está desapareciendo!
—¿Qué quieres decir con desapareciendo? Eso no tiene sentido.
—Ellos van a echar esta iglesia abajo. — insistió Agniya.
—¿De dónde sabes que van a echarla abajo? — dijo él enojándose.
—Es un monumento arquitectural, ellos lo dejarán. Miró hacia la pequeña torre en forma de tienda, donde las ramas del roble casi tocaban la campana.
—¡Ellos la echarán abajo! — predijo Agniya con convicción, sentada como inmóvil con su chal amarillo en la luz amarillenta.
No solamente su familia no había criado a Agniya creyente, sino que en el pasado, cuando se estaba obligado a ir a la iglesia; su madre y su abuela no iban, ni observaban ningún rito, no tomaron la comunión, eran arrogantes con los sacerdotes y ridiculizaban la religión, porque había aceptado con tanta facilidad la servidumbre. Su abuela, madre y tía tenían sus propias creencias; estaban siempre del lado de los que fuesen oprimidos, arrestados, perseguidos por las autoridades. Su abuela, evidentemente era conocida por todos los revolucionarios de Moscú, porque les dio asilo en su casa y los ayudó en todas las formas que pudo. Sus hijas ayudaron escondiendo a fugitivos de la Social Revolucionaria y de la Social Demócrata. La pequeña Agniya estaba siempre del lado del conejo que debía ser cazado, o del caballo que era castigado. Al crecer, se volvió, con sorpresa de sus mayores, hacia la iglesia, puesto que se suponía que era perseguida.
Hubiera ella comenzado por allí a creer en Dios o se hubiera obligado a sí misma a creer; de todos modos insistía en que era innoble esquivar a la iglesia, y con horror de su madre y de su abuela comenzó a asistir a los oficios y poco a poco a penetrarse de ellos.
—¿De dónde sacas que persiguen a la iglesia? — le preguntó asombrado Yakonov. Nadie les impide que hagan sonar sus campanas; pueden cocinar su pan de la Comunión de la manera que les plazca; tienen sus procesiones con la Cruz, solamente nada tienen que ver con asuntos civiles ni con la educación.
—Desde luego que se la persigue, — objetaba Agniya—, siempre con reposo y suavemente. Si hablan contra la iglesia fuera de ella, publican lo que se les da la gana contra ella y no le permiten defenderse, cuando hacen el inventario fraguado de las propiedades religiosas y exilian a los sacerdotes, ¿eso no es persecución?
—¿Dónde has visto tú que se los exilie?
—No en las calles, por cierto.
—Aunque fueran perseguidos, — insistía Yakonov—, eso querría decir que habrían sido perseguidos por diez años. Y ¿cuánto tiempo persiguió la Iglesia? ¡Diez centurias!