No menos precioso para Shikin era el sistema básico de su trabajo. Consistía esencialmente en conservar el registro de todo lo que abarcaba la conservación del registro. Ninguna conversación podía terminar sólo como una conversación: tenía que terminar en la redacción de una denuncia, o en la firma de una declaración o un acuerdo, o bien en una constancia de no haber dado falsos testimonios ni para revelar secretos ni para dejar el área, o sobre la información o la entrega. Lo que se requería, en especial, era la paciente atención y esa prolijidad que distinguía la personalidad de Shikin; no dejaba que los papeles se convirtieran en un caos, sino que les daba salida, los registraba, y siempre pedía encontrar cualquier papel. (Como oficial, Shikin no podía, por sí mismo, realizar el trabajo físico de archivar; esto lo hacía la ayudante que trabajaba sólo unas horas, una muchacha desmañada y delgada, con mala vista y una especial aptitud y seguridad, que le fue enviada con ese objeto desde el personal de secretaría).
Sobre todo, el trabajo de seguridad y contraespionaje era placentero para Shikin, porque le daba poder sobre las personas, una sensación de omnipotencia, y lo aureolaba de misterio.
Shikin se sentía halagado por esa estima, esa timidez en su presencia que encontraba hasta en sus compañeros de trabajo que también pertenecían a la Cheka, aun cuando no "operaban" como personal de la Cheka en seguridad y contraespionaje. Todos ellos —incluyendo el coronel de ingenieros Yokanov— eran llamados en el momento en que Shikin lo solicitaba, para informarlo de sus actividades. Shikin, por otra parte, no tenía que presentarse a ninguno de ellos para informarles nada. Cuando con su cara morena y el pelo canoso muy corto, subía por la amplia y alfombrada escalera, con su gran portafolio debajo del brazo, y las jóvenes tenientes del MGB, tímidamente, le cedían el paso apresurándose a ser las primeras en saludarlo; Shikin se sentía orgulloso, consciente de su valor y dignidad.
Si alguno le hubiera dicho a Shikin (cosa que jamás sucedió) que inspiraba odio, que torturaba a otra gente, se hubiera sentido sinceramente indignado. Para él, torturar a la gente nunca había sido una satisfacción o fin en sí mismo. Era verdad que esa gente existía: la había visto en el teatro, en las películas; eran sádicos, los apasionados devotos de la tortura, gente que no tenía en sí nada de humano... pero siempre eran guardias blancos o fascistas. Shikin sólo llevaba a cabo su obligación, y su único propósito era que nadie pensara o hiciera nada perjudicial.
Cierta vez, en la escalera principal de la sharashka, usada, tanto por los empleados libres como los zeks, se había encontrado un paquete conteniendo ciento cincuenta rublos. Los dos tenientes que lo encontraron no pudieron ocultarlo ni localizar secretamente al propietario, porque lo encontraron juntos. En consecuencia, entregaron el paquete al mayor Shikin. Dinero, en la escalera que utilizaban los prisioneros... dinero a los pies de hombres a quienes les estaba prohibido estrictamente tenerlo... ¡esto era, después de todo, un suceso extraordinario que afectaba a todo el estado! Sin embargo, Shikin no trató en hacer mucho alboroto sobre esto: se limitó a colgar un anuncio en la pared de la escalera:
Quienquiera que haya perdido 150 rublos en efectivo
en la escalera, puede reclamarlo al mayor Shikin en
cualquier momento.
Esta no era una pequeña cantidad de dinero. Pero era tal la estima universal que se tenía por Shikin y la cortedad frente a él, que pasaron los días y las semanas, y nadie reclamó la maldita pérdida. La tinta del anuncio comenzó a desvanecerse, se llenó de tierra, y se rompió un ángulo de arriba. Finalmente, alguien escribió sobre él, con lápiz azul:
¡Comételo tú mismo, perro!
El oficial de guardia arrancó el anuncio y se lo llevó al mayor. Después de esto, Shikin anduvo durante mucho tiempo por los laboratorios comparando los tonos de azul de todos los lápices azules. La cruda y gratuita blasfemia lo ofendía. Él no tenía la intención de apropiarse del dinero de otro. Hubiera preferido que el propietario se lo reclamara; entonces podría haber formulado un caso contra él, analizarlo en las reuniones de seguridad, y desde luego, devolverle su dinero.
Por supuesto, tampoco tenía la menor intención de tirarlo. Después de dos meses se lo entregó como regalo a la larguirucha muchacha de vista deficiente que venía una vez por semana a archivar sus papeles.
Shikin, que hasta entonces había sido un modelo como hombre de hogar, se enredó endiabladamente con esa secretaria, de piernas toscas y gruesas, desdeñada durante todos sus treinta y ocho años. Él apenas le llegaba al hombro, pero descubrió en ella algo todavía no experimentado. Casi no podía esperar los días en que la muchacha venía a trabajar, y abandonó las precauciones, a tal extremo, que lo descubrieron mientras le reparan la oficina y estaba en un alojamiento temporario. Dos prisioneros, un carpintero y un yesero, no sólo los oyeron, sino que los observaron por un resquicio. La historia se difundió con rapidez, los zeks hicieron un hazmereír de su pastor espiritual y querían escribirle una carta a su esposa, pero no sabían su dirección. De manera que, en cambio, lo informaron a los jefes del instituto.
A pesar de ello, no pudieron destruir al oficial de seguridad. En esta ocasión, el mayor general Oskolupov reprendió a Shikin, no por sus relaciones con la empleada del archivo —desde que eso era cuestión de los principios morales de ella—, y tampoco por el hecho de que sus relaciones con ella tuvieran lugar durante las horas de trabajo —desde el momento que Shikin no tenía un horario fijo—, sino sólo porque los prisioneros los habían descubierto.
El lunes 26 de diciembre, habiéndose permitido tomar un día libre el domingo, el mayor Shikin llegó a trabajar poco después de las nueve de la mañana, aun cuando, si no hubiera llegado hasta la hora del almuerzo, no había nadie que pudiera censurárselo.
En el tercer piso, frente a la oficina de Yakonov, había un corredor corto y cerrado que jamás estaba iluminado por una lamparilla eléctrica; en ese corredor habían dos puertas: una que daba a la oficina de Shikin y la otra a la sala del Comité del Partido. Las dos puertas estaban recubiertas de cuero negro y no tenían inscripción o señal alguna. La proximidad de las dos puertas en el corredor oscuro le convenía a Shikin. Era imposible ver desde el vestíbulo exactamente en qué oficina entraba la gente.
Hoy, en camino a su oficina, Shikin encontró a Stepanov, el secretario del Comité del Partido, un hombre delgado, enfermizo, que usaba brillantes anteojos ahumados. Se estrecharon la mano. Stepanov propuso con tranquilidad.
—Camarada Shikin —jamás llamaba a nadie por su nombre patronímico—, entre y jugaremos un poco al billar.
Sé refería, a la mesa de billar del Comité del Partido. Shikin solía hacerlo a veces, pero hoy tenía muchos asuntos importantes qué atender, y meneó su plateada cabeza con dignidad.
Stepanov suspiró y se dirigió a jugar solo.