Volví a fijar mi atención en las lápidas. Aquellas piedras que, en apariencia, no eran sino tapas de sepulcros, estaban llenas de símbolos, imágenes y emblemas mistéricos, y carecían por completo de cualquier inscripción que permitiera identificar a su supuesto y fallecido propietario. No tuve ninguna dificultad para entender los grabados a pesar del tiempo transcurrido desde que había estudiado aquel lenguaje y, a través de ellos, recibí las voces lejanas de quienes, como yo, habían llegado hasta allí abandonando para siempre una vida anterior, renunciando a sus viejas creencias y fidelidades en pos de una nueva verdad.
– ¿Entendéis lo que dicen? -preguntó una voz a mi espalda.
No me volví. Fuera quien fuera, me había estado esperando.
– Sabéis que sí -repuse serenamente.
– Aquel montón de laudae sepulcralis no tiene inscripciones.
Elegid la vuestra.
– Cualquiera servirá, no os preocupéis.
– ¿Habéis comido algo, señor?
– No.
– Pues acompañadme, por favor. Entrad conmigo en la iglesia.
Cuando, al anochecer, salí del cementerio, una nueva losa había quedado apoyada contra el muro sur de la iglesia. Yo mismo había tallado en ella mi ascendencia y mi linaje, mis pasados dolores y mi soledad, el largo amor que había sentido por Isabel de Mendoza, mis votos hospitalarios, mis años en Rodas, y todo aquello que había constituido la biografía del desaparecido Galcerán de Born. Tenía una nueva identidad, un nuevo nombre secreto que no podría revelar jamás y por el que siempre debería responder ante mi mismo. Adiós, pasado, dije mientras me alejaba de mi propio sepulcro.
Embarcamos en plena noche a bordo de la barca de Martiño. Era una sólida embarcación de dos mástiles, ceñida, larga y de proa cortante, con el timón colgado del codaste y dotada de altos flancos para resistir mejor las embestidas de la mar, tan brava y tormentosa por aquellas costas. Abandonamos Noia cruzando la lengua de mar hacia el puerto de Muros, hacia el norte, y desde allí seguimos los contornos de un paisaje formado por escarpados acantilados y arenosas playas. En los días sucesivos rebasamos la amplia ensenada de Carnota, el legendario Monte Pindo, que fue pasando por todos los tonos posibles de color rosado mientras lo tuvimos a la vista, y las hermosísimas cascadas de Ézaro, donde las aguas del río se entregaban al mar saltando al vacío desde un prominente acantilado cortado a pico.
Tras cinco jornadas de viaje por mar, nos acercábamos por fin a Finisterre, el temible Fin del Mundo, último reducto habitado por el hombre antes del gran reino de Atlas, del gran océano a partir del cual no hay más que un vacío infinito, el lugar donde, según la historia, las legiones romanas de Décimo Junio Bruto se aterrorizaron al observar cómo el Mare Tenebrosum engullía el sol y lo hacia desaparecer, la última tierra, en fin, que pisan los muertos antes de subir a la barca de Hermes para ser conducidos al Hades… Hubiéramos podido llegar mucho antes, pero Martiño se acercaba a tierra y echaba el áncora frente a cada villorrio, aldehuela o palomar solitario que apareciera en la costa. En un pueblo recogía una vaca y la dejaba en el siguiente; en otro soltaba un fardo de forraje pero subía a cambio seis o siete espuertas de vieiras, berberechos, nécoras, percebes y calamares; en la aldea inmediata subía telas que luego cambiaba por cereales. Jonás, que hasta llegar a Noia sólo había visto el mar (y de pasada) el día que nos despedimos a toda prisa de Joanot y Gerard en el portus de Barcelona, se unió alegremente a la tripulación de la nave, rebosante de energía y entusiasmo, realizando duras faenas que ponían a prueba sus músculos y que le dejaban exhausto pero complacido. Dos días antes de desembarcar, después de la cena, se acercó a Sara y a mí, que conversábamos apaciblemente apoyados en un costado de la nave y nos soltó a bocajarro:
– Quiero ser marinero.
– Me lo temía -exclamé, golpeándome la frente con la mano sin volverme.
Sara soltó una carcajada y Jonás pareció vivamente molesto.
– ¡Pero no ahora! -gritó enfurecido-. ¡Cuando acabemos este extraño viaje!
– ¡Menos mal…! Ya me dejas más tranquilo -murmure reprimiendo la risa a duras penas.
Nunca me había sentido tan feliz, nunca había sido tan rico y poderoso, nunca había tenido, a la vez, todo lo que deseaba en este mundo. El nuevo Galcerán era un ser afortunado, a pesar de hallarse todavía en el ojo del dragón.
– ¿Sabes una cosa? -bisbiseó Sara cuando Jonás desapareció, muy ofendido, en las sombras del barco.
– ¿Qué?
– Estoy cansada de este «extraño viaje», como lo ha llamado Jonás con toda la razón. Quiero que paremos ya, quiero que busquemos un lugar para vivir y que compremos una casa en la que estemos siempre juntos, tú y yo. ¡Tenemos mucho dinero! Todavía nos quedan cuatro bolsas de oro de las que nos dieron en Portomarín. Podríamos comprar una granja -murmuró soñadora- y muchos animales.
– Detén tus sueños, Sara -rechacé con tristeza. Me hubiera gustado abrazarla y besarla en aquel mismo instante. Me hubiera gustado hacerle el amor allí mismo-. Soñar es algo que todavía no nos podemos permitir. Dentro de dos días, si todo va bien, pondremos fin a este «extraño viaje». Pero aún no sabemos qué va a pasar, Sara, no sabemos qué será de nosotros, ni siquiera podemos tener la certeza de que no tengamos que seguir huyendo.
Ella me miró con dolor.
– No creo que valga la pena vivir una vida en la que siempre tengamos que estar escondiéndonos, escapando, mintiendo y ocultándonos del mundo.
No pude responder con palabras, no pude decirle que, si las cosas salían mal en Finisterre, ése era el mejor futuro al que podíamos aspirar. Yo tampoco deseaba un mañana así para nosotros. ¿Quién puede ambicionar una vida de esta suerte?
– Escúchame atentamente, Sara -dije conteniendo mi aflicción y pasando a detallarle ciertos importantes pormenores-. Esto es lo que quiero que hagáis Jonás y tú…
Al día siguiente, muy temprano, la nave fondeó frente a Corcubión, en la entrada de la ría, pasados los islotes de Lobeira y Carromoeíro, y se quedó cabeceando en la marea baja de aquellas aguas frías y transparentes de reflejos turquesa. Desde la rada, abarrotada de grandes barcos de pesca, Corcubión parecía una localidad próspera y rica, con grandes y señoriales mansiones de piedra cuyos ventanales relucían al sol como el azogue y la plata.
– Esta tarde llegaremos o Fin do Mundo -proclamó Martiño, satisfecho-, a Fisterra. -Y se puso a canturrear-: O que vai a Compostela… fai ou non fai romana… se chega ou non a Fisterra…
– Tengo un asunto que proponeros, Martiño -le dije súbitamente, interrumpiendo su romanza.
– ¿Qué es ello? -preguntó con curiosidad.
– ¿Cuánto pediríais por introducir un pequeño cambio en vuestra ruta?
– ¿Un pequeño cambio en mi ruta…? ¿Qué cambio?
– Necesito que amarréis vuestra barca aquí, en Corcubión, y que, luego, a medianoche, nos llevéis hasta Finisterre, pero no al puerto, sino al mismo cabo, y que me dejéis en tierra, y que os quedéis en el mar a una distancia prudente desde donde yo pueda veros, y que, a partir de ese momento, obedezcáis las órdenes de mis hijos, que os indicarán cuándo debéis volver a tierra, para recogerme o para desembarcarlos a ellos, o si debéis partir hacia donde os ordenen y dejarme.
Martiño quedó muy pensativo y comenzó a morderse el labio inferior. Era un hombre de unos veinticinco o veintiséis años, curtido, fornido y voluntarioso, y se notaba a la legua que pensar no era lo suyo, que tenía bastante con timonear espléndidamente su nave a lo largo de la costa. Sin embargo, también era un hábil comerciante, y yo confiaba en que no dejaría escapar una buena oportunidad. Si se negaba, no tendría más remedio que ba-jar a tierra en Corcubión y buscar otro barco.