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– Te oigo, te oigo -le aseguré sin mucha convicción.

Después de hacerle repetir el mensaje por tercera vez, compartí con él lo que me parecía que aquel comunicado dejaba entrever con bastante claridad: que Manrique de Mendoza -pues, como se verá, del contenido se desprendía que él debía ser el autor de dicha nota-, tras cometer los asesinatos, había conseguido escapar de Francia, pero que Evrard, quizá porque ya estaba enfermo en aquel momento, no había podido seguirle en la huida. El De Mendoza, desde dondequiera que estuviera, preocupado por la seguridad de su compañero, había elaborado para él un cuidadoso plan de fuga: le rogaba que huyera hacia «los reinos de Atlas» haciendo uso de la vía de «la serpiente de doble cola», y tranquilizándole en cuanto los posibles problemas del viaje al garantizarle la «protección del toro».

– Pero ¿qué quiere decir todo eso?-me preguntó Jonás-. Parece cosa de locos.

– Sólo existe una serpiente de doble cola, muchacho, una serpiente que, además, conduce en efecto hasta los reinos atlánteos y que guía los pasos de quienes buscan el gran perdón. ¿No sabes de qué te hablo?

– Lo siento, sire, no, no lo sé. -

¿Es que, acaso, durante nuestras largas cabalgatas al anochecer, jamás te has fijado en las estrellas, en las constelaciones, en esa larga bicodulam serpentem que cruza el cielo nocturno con todo el poder de su gran tamaño?

Jonás frunció el ceño, pensativo.

– ¿Os estáis refiriendo a la Vía Láctea?

– ¿A qué otra cosa podía referirme?, ¿a qué otra cosa podía estar refiriéndose Manrique cuando le indicaba a su compañero la manera de llegar hasta los reinos de Atlas?

– ¿Y qué reinos son ésos?

– «…y al caer el día -recité alzando el dedo índice hacia el cielo-, temiendo Perseo confiarse a la noche, se detuvo en el Oeste del mundo, en el reino de Atlas…» ¿No has leído tampoco a Ovidio, muchacho? «Allí, mayor que todos los hombres con su cuerpo descomunal, estaba Atlas, el hijo de Yápeto: los confines de la Tierra estaban bajo su cetro.»

– Qué versos tan hermosos -musitó-. ¿Así que Atlas era un gigante que tenía su reino al oeste, en los confines de la Tierra?, es decir… -Y entonces comprendió-. ¡En el mare Atlanticus! ¡De Atlas, Atlanticus!

– Atlas, o Atlante, como también se le conoce, era un miembro de la extinta raza de los gigantes, unos seres que existieron al principio de los tiempos y que sucumbieron en duras batallas contra los dioses del Olimpo. Atlas era hermano de Prometeo, aquel magnífico titán que, entre otras muchas cosas provechosas, dio a la inferior raza de los hombres el maravilloso don del fuego, permitiéndoles así progresar y asemejarse a los inmortales. En fin, el caso es que el gigantesco Atlas fue condenado por Zeus, el padre de los dioses, a sostener la bóveda del cielo sobre sus hombros.

– Pero, todo eso de lo que estáis hablando, ¿no es herejía? -me interrumpió Jonás-, ¿cómo podéis decir que esos extraños seres, esos gigantes, eran dioses? Sólo existe un único Dios Verdadero, Nuestro Señor Jesucristo, que murió en la cruz para salvarnos.

– Cierto, tú lo has dicho, pero antes de que Nuestro Redentor se encarnara en el vientre de la Santísima Virgen, los hombres creían sinceramente, con la misma fe con que nosotros creemos hoy en nuestro Salvador, en otros dioses igualmente poderosos, y mucho antes que los dioses griegos y romanos, existieron otros, hoy olvidados, de los que apenas se ha conservado el recuerdo, y antes de ellos, mi querido Jonás, sólo existía un único Dios.

– Nuestro Señor Jesucristo.

– Pues no. Un Dios que, en realidad, era una Diosa: Megálas Matrós, Magna Mater, Gran Madre: la Tierra, a quien todavía hoy se venera secretamente en muchos lugares del orbe bajo nombres como Isis, Tanit, Astarté, Demeter…

– Pero ¿qué decís? -se espantó Jonás, echándose hacia atrás y mirándome con aprensión-. ¡No podéis estar hablando en serio! ¡Una mujer…!

Sonreí sin decir nada más. Había sido suficiente para una primera lección.

– Volvamos a nuestro mensaje. Habíamos dejado a Manrique indicando a Evrard que siguiera el camino de la Vía Láctea hasta llegar a los reinos de Atlas. Pero eso es muy impreciso, en primer lugar, porque, como el mismo mensaje afirma, la Vía Láctea se divide en dos ramales antes de desaparecer en el océano Atlántico. ¿Cómo le hace saber cuál de ellos es el que debe seguir?

– ¿Tiene algo que ver lo del gran perdón?

– Efectivamente. Como veo que no lo sabes, te lo diré yo: el

Gran Perdón, o lo que también se conoce como el Camino de la Gran Perdonanza, es ese sendero que miles de peregrinos recorren siguiendo una de las colas de la Vía Láctea, es el Camino del Apóstol Santiago, Apostolus Christi Jacobus, en España.

– ¿Evrard debía salir de Francia por los Pirineos y recorrer el Camino de Santiago?

– Piensa un poco. Los templarios escaparon en masa de Europa para refugiarse en Portugal. Seguramente, es allí donde se encuentra Manrique ahora, y sólo hay dos maneras de llegar a Portugal, una, por mar, y otra por tierra, cruzando los Pirineos y los reinos cristianos de España. Lo que parece evidente es que Evrard no estaba en condiciones de afrontar un largo y azaroso viaje en barco, sufriendo los bruscos coletazos del oleaje o de una inesperada y violenta tormenta; eso le hubiera matado, sin duda alguna. Sin embargo, por tierra, a pesar de la mayor lentitud y de las incomodidades, hubiera podido parar para descansar cuantas veces hubiese necesitado, habría sido atendido por buenos físicos, e incluso hubiera podido morir, llegado el caso, rodeado por sus propios compañeros de Orden, pues recuerda que son muchos los templarios que, aparentemente, han renunciado a sus votos para poder quedarse cerca de sus antiguas encomiendas.

– Muy bien, ese tal Manrique está en Portugal, y Evrard, que no ha podido huir, debe reunirse con él, pero ¿por qué utilizar el Camino de Santiago?

– Por el toro, no lo olvides.

– ¿El toro?, ¿qué tiene que ver el toro?

– El toro, querido muchacho, es la respuesta a la segunda de las misiones que yo tenía encomendada, ¿la recuerdas?, averiguar el destino del oro de la Orden del Temple, un oro desaparecido en grandes cantidades y de forma misteriosa. El De Mendoza le hace saber a su compañero que no debe preocuparse por nada durante su viaje, le ruega que escape, que salga de Francia a toda velocidad utilizando la vía que él considera más segura: el Camino de Santiago, que probablemente Evrard debía recorrer camuflado de peregrino enfermo en busca de un milagro, a lo largo del cual el toro, el taurus, es decir; el tau-aureus, le protegería.

– ¿Tau-aureus?

– La Tau, la T griega -expliqué-, o mejor, la Cruz de Tau, el signo de la Cruz, o mejor todavía, el signo o la señal del aureus, el oro.

Ahora, el imago mundi de Evrard adquiría, súbitamente, su lógico sentido. Aquel pergamino que, por desgracia, había quedado en manos de Sara, no contenía, como yo había pensado en un primer momento, señales de vital importancia para completar la totalidad del mensaje… Estaba claro que no había en él claves fundamentales. Lo que sí había, grande y muy bien destacada, era la clave fundamental: esa Tierra dividida en forma de T, de Tau. Ésa era la señal. A la luz de este nuevo detalle, resultaba evidente que la mano que había dibujado el imago mundi y escrito la lista de fechas hebreas y siglas latinas no era la de Evrard, sino la de Manrique de Mendoza, que había hecho llegar a Evrard la pista de la Tau por todos los medios posibles. Este detalle arrojaba luz sobre otro en aquel momento: que Sara, aunque fuera cierto que no sabía leer como me había dicho, sí que distinguía perfectamente la letra de su amado Manrique. De ahí que hubiera querido conservar, precisamente, esos dos documentos.

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