Литмир - Электронная Библиотека

Sentí que algo terrible estaba a punto de ocurrir. La revelación de que yo era su escogido, junto con la indudable rareza de sus modos y el efecto devastador que el peyote había tenido sobre mí, creaban un estado de aprensión e indecisión insoportables. Pero don Juan desechó mis sentimientos, recomendándome pensar únicamente en la maravilla de Mescalito jugando conmigo.

– No pienses en nada más -dijo-. El resto te llegará solo.

Se puso en pie y me dio palmaditas en la cabeza y dijo con voz muy suave:

– Te voy a enseñar a hacerte guerrero del mismo modo que te he enseñado a cazar. Pero te hago la advertencia de que aprender a cazar no te ha hecho cazador, ni el aprender a ser guerrero te hará guerrero.

Experimenté un sentimiento de frustración, una desazón física que bordeaba en la angustia. Me quejé de los vívidos sueños y pesadillas que tenía. Don Juan pareció deliberar un momento y volvió asentarse.

– Son sueños raros -dije.

– Siempre has tenido sueños raros -replicó.

– Le digo, esta vez son de veras más raros que cualesquiera que haya tenido.

– No te preocupes. Sólo son sueños. Como los sueños de cualquier soñador común y corriente, no tienen poder. Conque ¿de qué sirve preocuparse por ellos o hablar de ellos?

– Me molestan, don Juan. ¿No hay algo que pueda yo hacer para detenerlos?

– Nada. Déjalos pasar -dijo-. Ya es tiempo de que te hagas accesible al poder, y vas a comenzar abordando el soñar.

El tono con que dijo "soñar" me hizo pensar que usaba la palabra en un sentido muy particular. Meditaba una pregunta pertinente cuando él habló de nuevo.

– Nunca te he dicho del soñar, porque hasta ahora sólo me proponía enseñarte a ser cazador -dijo-. Un cazador no se ocupa de manipular poder; por eso sus sueños son sólo sueños. Pueden calarle hondo, pero no son soñar.

"Un guerrero, en cambio, busca poder, y una de las avenidas al poder es el soñar. Puedes decir que la diferencia entre un cazador y un guerrero es que el guerrero va camino al poder, mientras el cazador no sabe nada de él, o muy poco."

"La decisión de quién puede ser guerrero y quién puede ser sólo cazador, no depende de nosotros. Esa decisión está en el reino de los poderes que guían a los hombres. Por eso tu juego con Mescalito fue una señal tan importante. Esas fuerzas te guiaron a mí; te llevaron a aquella terminal de autobuses, ¿recuerdas? Un payaso te llevó a donde yo estaba. Un augurio perfecto: un payaso dándome la señal. Así, te enseñé a ser cazador, y luego la otra señal perfecta: Mescalito en persona jugando contigo. ¿Ves a qué me refiero?"

Su extraña lógica me avasallaba. Sus palabras creaban visiones en las que yo sucumbía a algo tremendo y desconocido, algo que yo no buscaba y cuya existencia no había concebido ni en mis fantasías más desbordantes.

– ¿Qué propone usted que haga? -pregunté.

– Hacerte accesible al poder; abordar tus sueños -repuso-. Los llamas sueños porque no tienes poder. Un guerrero, siendo un hombre que busca poder, no los llama sueños, los llama realidades.

– ¿Quiere usted decir que el guerrero toma sus sueños como si fueran realidad?

– No toma nada como si fuera ninguna otra cosa. Lo que tú llamas sueños son realidades para un guerrero. Debes entender que un guerrero no es ningún tonto. Un guerrero es un cazador inmaculado que anda a caza de poder; no está borracho, ni loco, y no tiene tiempo ni humor para fanfarronear, ni para mentirse a sí mismo, ni para equivocarse en la jugada. La apuesta es demasiado alta. Lo que pone en la mesa es su vida dura y ordenada, que tanto tiempo le llevó perfeccionar. No va a desperdiciar todo eso por un estúpido error de cálculo, o por tomar una cosa por lo que no es.

"El soñar es real para un guerrero porque allí puede actuar con deliberación, puede escoger y rechazar; puede elegir, entre una variedad de cosas, aquellas que llevan al poder, y luego puede manejarlas y usarlas, mientras que en un sueño común y corriente no puede actuar con deliberación."

– ¿Quiere usted decir entonces, don Juan, que el soñar es real?

– Claro que es real.

– ¿Tan real como lo que estamos haciendo ahora?

– Si se trata de hacer comparaciones, yo diría que a lo mejor es más real. En el soñar tienes poder; puedes cambiar las cosas; puedes descubrir incontables hechos ocultos; puedes controlar lo que quieras.

Las premisas de don Juan siempre me resultaban atractivas a cierto nivel. Yo comprendía fácilmente su gusto por la idea de que uno podía hacer cualquier cosa en los sueños, pero no me era posible tomarlo en serio. El salto era demasiado grande.

Nos miramos un momento. Sus aseveraciones eran locas, y sin embargo, hasta donde yo sabía, él era uno de los hombres más cuerdos que yo había conocido.

Le dije que no podía creerlo capaz de tomar sus sueños por realidades. Él río chasqueando la lengua, como si conociese la magnitud de mi posición insostenible; luego se levantó sin decir palabra y entró en la casa.

Quedé sentado largo rato, en un estado de estupor, hasta que don Juan me llamó a la parte trasera de su casa. Había preparado atole de maíz, y me dio un cuenco.

Le pregunté por las horas de vigilia. Quería saber si daba a ese tiempo un nombre en particular. Pero él no comprendió o no quiso responder.

– ¿Cómo llama usted a lo que estamos haciendo ahora? -pregunté, queriendo decir que lo que estábamos haciendo era realidad, en contraposición con los sueños.

– Yo lo llamo comer -dijo, conteniendo la risa.

– Yo lo llamo realidad -dije-. Porque nuestro comer está verdaderamente teniendo lugar.

– El soñar también tiene lugar -repuso con una risita-. Y lo mismo el cazar, el caminar, el reír.

No insistí en la discusión, a pesar de que ni estirándome más allá de mis limites me era posible aceptar su planteamiento. Él parecía deleitarse con mi desesperación.

Apenas terminamos de comer, dijo como al acaso que íbamos a salir de excursión, pero no recorreríamos el desierto como habíamos hecho antes.

– Esta vez será distinto -dijo-. De ahora en adelante vamos a ir a sitios de poder; vas a aprender a ponerte al alcance del poder.

Expresé nuevamente mi conflicto. Dije no estar calificado para tal empresa.

– Vamos, te estás entregando a miedos tontos -dijo él en voz baja, dándome palmadas en la espalda y sonriendo con benevolencia-. He estado alimentando tu espíritu de cazador. Te gusta dar vueltas conmigo por este hermoso desierto. Es demasiado tarde para volverte atrás.

Echó a andar para adentrarse en el chaparral. Con la cabeza me hizo gesto de seguirlo. Yo habría podido ir a mi coche y marcharme, pero me gustaba andar con él por ese hermoso desierto. Me gustaba la sensación, experimentada sólo en su compañía, de que éste era en verdad un mundo tremendo y misterioso, pero bello. Como él decía, me hallaba enganchado.

Don Juan me condujo a los cerros hacia el este. Fue una larga caminata. El día era cálido; sin embargo, el calor, que de ordinario me habría parecido insoportable, pasaba desapercibido de alguna manera.

Nos adentramos bastante en una cañada, hasta que don Juan hizo un alto y tomó asiento a la sombra de unos peñascos. Yo saqué de mi mochila unas galletas, pero me dijo que no perdiera mi tiempo en eso.

Dijo que debía sentarme en un sitio prominente. Señaló un peñasco aislado, casi redondo, a tres o cuatro metros de distancia, y me ayudó a trepar a la cima. Pensé que. también él se sentaría allí, pero escaló sólo parte del camino para darme unos trozos de carne seca. Me dijo, con una expresión mortalmente seria, que era carne de poder y debía mascarse muy despacio y no había que mezclarla con otra comida. Luego regresó a la zona sombreada y tomó asiento con la espalda contra una roca. Parecía relajado, casi soñoliento. Permaneció en la misma postura hasta que hube acabado de comer. Entonces enderezó la espalda e inclinó la cabeza a la derecha.

23
{"b":"125180","o":1}