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¡Y una niña me negaba un beso, entre las flores, bajo el resplandeciente cielo azul!

Por duodécima vez estoy paseando por el claustro y no ha pasado aún ni una hora breve. Detrás del grueso muro en la puerta está oculto el tesoro loretano. Otra vez paré al viejo monje para preguntarle sobre el tesoro célebre. Levantó sus espesas cejas y se puso a contar. En él hay muchos vasos que servían para las ceremonias religiosas y hábitos preciosos bordados de oro. Entre toda esa riqueza destaca una gran custodia de diamantes. El monje hizo sonar el rosario que le rodeaba la cintura y continuó su explicación. Hay seis mil quinientos diamantes en sus rayos. Alzó significativamente el dedo. La custodia es magnífica, una verdadera maravilla del mundo.

Después de muchos años fui a verla. Cuando vi la vertiginosa tormenta de oro y diamantes, noté que incluso una pequeña rosita, ese antiguo símbolo del sentimiento amoroso, es más bella que esta célebre custodia de diamantes.

¡Qué diría del amor, pues!

Mediada la Segunda Guerra Mundial, llamó a la puerta de mi casa un hombre desconocido, de mediana edad, y me pidió que le escribiera sobre un papel especial que llevaba en la cartera mis versos sobre la iglesia de la Virgen de Loreto.

En gradas antiguas hacia la Virgen de Loreto,
susurras frases delirantes
en el cabello de alguien
que tal vez no te comprende.

Etc.

Se lo prometí de buen grado. Volvió al cabo de una semana y me puso sobre el escritorio la conocida botella de cerámica de la marca Bols. En ella había pérsico, licor hecho con huesos de albaricoque.

Nunca había probado una cosa semejante. Primero se extiende por la lengua un fuerte perfume que domina en seguida el delicioso sabor de los huesos amargos.

Durante la guerra, cuando esta clase de placeres eran más que raros, probaba el licor en dedales y con los ojos cerrados. Hoy busco en vano aquella delicia. Ya no la importan.

Pero el recuerdo es tan fuerte que, cuando me encuentro cerca de la Virgen de Loreto y veo su campanario, me vuelve a aparecer en la lengua el gusto de los huesos amargos.

Con un deseo torturante, me apresuré a una nueva cita. Ya no sé cuántas veces nos habíamos visto; muchas. Cada vez que volvía a ver a la chica, me despedía con rabia del antiguo confesionario.

La chica vino sonriente, como si no hubiera pasado nada. Me olvidé rápidamente de todo y caminamos por los sitios acostumbrados, llenos del canto de los pájaros, hacia el mirador del monte Petfín. En su sombra me confesó esta chica de la cercana calle Neruda que nunca había subido al mirador. Fuimos allí. El ascensor no funcionaba y tuvimos que subir a pie. Arriba, estuvimos solos. La chica estaba emocionada y parecía conmovida… La tomé cariñosamente por las muñecas y le miré fijamente en los ojos. La sujetaba firmemente para poderla atraer hacia mí. Naturalmente, se dio cuenta de mi intención y antes de poder besarla puso su rostro debajo de mi barbilla y no se movió hasta que le solté las manos. Después se me escurrió a toda prisa.

Dios mío, qué vergüenza. ¡Toda Praga alrededor había visto mi fracaso ridículo! Y antes de recobrar el aliento se oyó el tintineo de sus zapatos sobre la escalera metálica. Perplejo y avergonzado, no tuve más remedio que seguirla. Por el camino, desde el mirador, no hablamos nada. No me dio un beso. Que no y que no.

¡No, no me lo dio!

Ésta fue mi última cita con la muchacha. A la próxima, que me prometió de mala gana, ya no fue. El amor joven, del cual se canta que es el paraíso, se acabó. Así termina también una antigua canción de amor escocesa: primero con un llanto desgarrador, luego con un susurro doloroso y al final con un silencio. Pensé que ella se había comportado injustamente conmigo, pero por otro lado estaba avergonzado y ofendido. Aún no conocía bien a las mujeres.

En vano caminaba por la acera, delante de su casa, durante las horas de nuestras citas habituales. Sólo la vi una vez: en el primer piso se movió la cortina. ¡Nada más! Y nunca más volví a ver a aquella graciosa niña.

La cervecería El gato era entonces una tranquila sala de los antiguos tiempos de Neruda. Hoy está llena a rebosar. ¡Dicen que allí tienen la mejor cerveza del mundo!

Durante todos estos años he aprendido a reconocer a los que vienen a visitarnos: según los sonidos de su entrada. Según la manera de cerrar la puerta de la casa, según el modo de caminar, de llamar a la puerta y, a menudo, según la fuerza con que suena el timbre.

Hace pocos años que alguien llamó a la puerta. Debe de ser una chica, pensé. Lo era.

Entró una estudiante de unos dieciséis años y que traía, en un bolso transparente unos cuantos libros míos para que se los firmara. La esbelta jovencita tenía unos cabellos rubios llamativamente despeinados sobre las sienes. Y eso le favorecía mucho. Probablemente lo sabía. En principio, fue con cumplidos, pero en seguida me pidió que le firmase los libros.

Le miré bien a la cara y me pareció conocida.

No faltaba más, le dije y tomé los libros de sus manos. Al ver mi buena voluntad me preguntó si en uno de los libros no podría escribirle una dedicatoria. ¡Claro que sí, con mucho gusto!

– ¿Cómo se llama?

– Kamila V.

Me quedé sorprendido, volví a mirar sus ojos puros de niña y pregunté con cuidado:

– ¿Kamila como su madre?

– No, como mi abuela. Mi madre se llama Vlasta.

– ¿Y su abuela vive en la calle Neruda?

– No, ya no vive allí. Está con nosotros en la plaza Arbesovo… -y me miró con asombro. Mentalmente conté los años y susurré algo silenciosamente. Había pasado casi toda una vida humana.

Estaba a punto de preguntar a la chica por su abuela; tenía unas cuantas frases bonitas en la punta de la lengua e incluso pensé que la podría ver. Pero sobre los cristales de mi biblioteca tenía apoyadas las dos muletas; al verlas, volví rápidamente a la realidad de hoy y olvidé las palabras bonitas que le habría querido decir.

Os tengo que recordar lo siguiente:

No mucho tiempo antes de su muerte, el rey Carlos IV visitó a su sobrino, el rey francés Carlos V. Después de la visita y las asambleas en el palacio real nuestro rey Carlos se fue por el Sena a visitar a la reina en su palacio Saint Pol, donde pasaba una temporada esperando un niño. Abrazó a la reina y, una tras otra, a todas sus damas, que eran sus parientes. Luego pidió que viniera también la duquesa de Borbón, la hermana de su primera mujer, Blanca, y una antigua compañera de su infancia y juventud en el palacio. Al ser conducida la duquesa a su camilla -por culpa de su gota avanzada, el rey ya no podía caminar-, y al mirarse mutuamente en la cara, los dos rompieron en un llanto desgarrador.

Lo anotó un cronista seco y sabio añadiendo que el espectáculo fue lamentable.

Volví a mirar el rostro de mi bonita y joven visitante, a quien de hecho ya conocía, y en broma le pregunté qué me daría si le escribía una dedicatoria en todos los libros. Después de un segundo de vacilación me contestó que no tenía nada, pero que si quería, me daría por lo menos un beso. Protesté diciendo que hay más libros y que quería al menos tres besos.

De buena gana, sólo un poco torpemente, me ofreció sus labios y yo, sobre su boca un poquito entreabierta, húmeda y dulce, besé a mi propia juventud.

30. El viaje a Kralupy

Aún hoy, cuando bajo las rocas negras cercanas a Podbaba silba el tren y por debajo de las garitas de alambre me mira el rostro afable de Václav Benes Tfebízsky-nos conocemos hace tiempo-, todavía hoy, cuando viajo por aquí en tren, busco con la vista, arriba, sobre la colina, el idílico pueblo de Klecany, donde hay, cerca de la carretera, bajo los castaños, una parroquia bajita. Tampoco puedo resistir mirar la iglesia en Novy Hradec. La tenebrosa ruina del palacio de Chvatéruby me sigue frunciendo el ceño. Siempre me digo que tengo que volver a leer los cuentos sobre estos lugares, pero a la hora de la verdad no lo hago o dejo el libro a medio leer. El hechizo de los cuentos de Tfebízsky ha desaparecido. Pero, para mí, el nombre del escritor sigue envuelto en el dulce y silencioso brillo de los tiempos pasados. De las novelas de Tfebízsky a los poemas de Apollinaire hay un camino largo y hermoso.

Me encantaba viajar a la ciudad de Kralupy. Siempre esperaba este momento con mucha ilusión. ¡El camino hacia la estancia de las vacaciones era lo más anhelado! El viaje para pasar las fiestas navideñas en aquella ciudad era algo lleno de magia sagrada. Y durante la Semana Santa el camino estaba lleno de regocijo. Conocía de memoria las paradas y me las recitaba con la impaciencia de llegar. Una vez en la estación de Kralupy, me precipitaba para abrazar al padre de mi madre; sólo después de muchos años comprendí que representaba para mí lo que para Bozena Némcova era su abuela. Y no tengo que embellecer nada. Ojalá pudiera dar a la gente tanta belleza como me dejó él a mí mientras estuvimos paseando durante horas y horas por el campo de Kralupy. Primero me enseñó a apreciar a Tfebízsky, luego a Hálek, allí cerca, y al final me inculcó el amor a la poesía. ¡Qué pasado de moda suena todo esto hoy en día! Pero con aquellos recuerdos vivificadores he ido cobrando fuerzas y ánimo durante toda mi vida. Y otra cosa que no quisiera olvidar: me enseñó el amor a los árboles. Trabajaba de bibliotecario en la entonces pobre biblioteca municipal, pero al mismo tiempo era el director de la Asociación embellecedora de Kralupy. ¡Asociación embellecedora! Qué antiguo que suena esto hoy y mucha gente ya ni sabe lo que era. Con obreras alquiladas, plantaba árboles y arbustos en la ciudad y sus alrededores.

En un grupo de árboles, detrás del colegio de niñas, descubrí dos álamos plateados. Eran enormes. Cuando los plantaban, aguantaba sus esbeltos troncos y pisoteaba la tierra en su agujero. Los plantaron uno junto a otro. Hace poco estaba debajo de ellos y esperaba oír su murmullo. No soplaba nada de viento, pero los árboles temblaban silenciosamente, como los enamorados cuando susurran con su boca sobre la boca del otro.

¡Adiós, árboles!

El viaje en tren por Semana Santa estaba lleno de sorpresas primaverales. Lo más hermoso eran las flores doradas sobre las negras rocas. Ondeaban encima del río y el tren soltaba un estruendo de alegría.

La gran sensación -siempre nueva y sorprendente- era el enorme elefante en el pueblo de Sedlec.

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