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Conozco Bfevnov desde mi infancia. Caminábamos por aquí desde Pohofelec hasta el monasterio y, luego, por el camino de árboles de Zeyer hasta Hvézda. Para coger violetas y muguetes. Estos últimos ya no crecen allí. Por el camino, nunca dejábamos de parar delante del hostal Na Marjánce. En el portal de esta famosa sala de baile había un cuadro primitivamente expresivo de la Batalla de Bíla hora. Los días de baile en Na Marjánce eran célebres. El énfasis, la fama y la calidad pintoresca también procedía de los dos cuarteles que estaban cerca de allí, en Pohofelec. En uno de ellos había infantes, en el otro dragones. El toque de retreta se oía por todo Bfevnov.

Vivimos en la avenida Bélohorska, sobre el llano de Strahov, cerca de ambos estadios. En verano oímos los tiros de salida de las pistolas. Cuando acabábamos de llegar aquí, desde las ventanas se veía el monte Ríp. Eso era muy agradable. Y Milesovka y Kletecná, algunas veces. Al ampliar el hospital militar se acabó la vista. Ahora vemos el triste edificio del hospital, y del paisaje, nada en absoluto. Dicen que desde el edificio de la radio de la comisaría en septiembre se pueden ver las montañas de Krkonose. Cada año me prometo verlas pero de costumbre me olvido.

En la imprenta de Lidovy düm trabajaba el impresor Václav Chlumecky. Cuando se enteró de que me había mudado a Bfevnov, vino a verme.

– Tengo un hermano en Bfevnov. Está enfermo de poesía. Cuando sepa que estás allí, no tardará en asaltarte. Pero no te preocupes, es una buena persona. ¡Salvo en los poemas!

Tenía razón. Al cabo de un par de días vino. Y era una buena persona. Nos hicimos buenos amigos.

Bohuslav Chlumecky nació en el seno de la familia de un conserje de una nueva escuela de Bfevnov, todavía inundada por el verdor de los jardines. Tenía unos años menos que yo, pero era ya conocedor del barrio.

Más tarde, me hablaba algunas veces del antiguo Bfevnov y de su infancia. Antes había sido un pueblo independiente, sin relación con Praga. En la antigua fonda El castaño se había fundado el partido socialdemócrata. La gente que vivía allí era, en su mayoría, pobre: obreros, proletarios. Los habitantes, tal como suele ocurrir en los pueblos, se conocían de la tienda, de sus clubs y de sus bares. Praga, que estaba tan cerca, les parecía lejana. En aquella atmósfera de pueblo obrero se había formado Chlumecky. Por las ventanas de la escuela se olía a comino y a hojas de apio.

Digo que se había formado. Pero se formó mal. Aunque nació con la columna vertebral recta, desde la infancia se le iba torciendo perniciosamente. Creció pequeño. Me da vergüenza decirlo, pero me hacía pensar en las estatuas barrocas que hay delante de la entrada del castillo en la ciudad de Nové Mésto nad Metují. Era un poco más alto, eso sí, pero su cara se parecía mucho. Hasta que no le conocí perfectamente, me sentí cohibido en su presencia. Como había dicho su hermano, adoraba la poesía. Los poemas representaban para él lo que el aire representa para un árbol verde. Le hacía vibrar y vivía completamente sumergido en su ondear vivificante y en su música. Le devolvía lo que no tuvo en la vida. Al menos parcialmente.

No obstante, en aquel cuerpo torcido se albergaba un espíritu elevado y recto. Hacía tiempo que tocaba el violoncelo, pero más tarde se dedicó enteramente a la poesía. Cuando le conocí, ya tenía una rica biblioteca, poética de verdad. Sabía renunciar a casi todo en la vida con el fin de tener dinero para los libros. Se los hacía encuadernar en las pieles más preciosas. Estoy hablando de los mejores encuadernadores. Casi todos están muertos y con ellos ha muerto el hermoso libro cheko. A Chlumecky le encantaban los libros bien hechos, pero no era un bibliófilo esnob.

Pequeñas joyitas al lado de joyas grandes: el corazón y los ojos temblaban de emoción. Se compró dos armarios-biblioteca antiguos y los tenía llenos en dos hileras. Logró conseguir todo (hoy libros de mucho valor) lo del antiguo imperio. Adoraba a Barbey d'Aurevilly; y a Léon Bloy, aquel insolente genial y espléndido, dueño de la joyería de todas las injurias del mundo, lo tenía encuadernado en tafilete fino de color rosa.

Tal vez se podría decir que la profesión vital de Chlumecky fue la poesía. Le dedicó la mayor parte de su tiempo. El resto de tiempo lo pasaba en una oficina del ayuntamiento de Praga, donde estaba encargado de los impuestos de los perros pragueses.

No sólo le gustaba leer los poemas, sino que le encantaba recitarlos. Aunque no le fue dada una figura elegante, intentó al menos cultivar histriónicamente su voz un poco ronca. Y lo logró. Tuvo un gran ejemplo en Zdenék Stépánek. Y ese modelo lo eligió bien.

En su segunda visita en mi casa me dejó estupefacto. Aprendió de memoria mi colección de poemas Vestida de luz y me la recitó. Aunque no era bebedor de vino, aprendió de buen grado con interés todas mis romanzas del vino y las decía agradablemente.

El número magistral de su repertorio era un poema del autor inglés John Masefield: «El amor del capitán Stratton.»

Antes de la guerra se publicó en Zlín una pequeña antología de este poeta. En nuestro país fue, y me parece que sigue siendo, poco conocido, aunque Masefield era poeta laureatus. En Inglaterra siempre tienen a un solo poeta premiado de esta forma. No sé inglés ni conozco el original, pero puedo decir que lo que conozco es malo. Incluso muy malo, torpe. De todas maneras, el poema sobre el capitán Stratton es una pieza agradecida para la recitación. La antología fue seguramente un asunto puramente de Zlín, porque no recuerdo haber visto el libro en el mercado pragués. Así que no tengo ni idea de cómo lo consiguió Chlumecky. Fue precisamente aquel poema el que llamó la atención del recitador, aunque también era precisamente aquel poema el que estaba peor traducido. Aprenderlo era facilísimo. Le prometí traducirlo mejor. Pero no cumplí la promesa. Hoy esta traducción está marcada por la muerte de Chlumecky, al menos para mí. ¡Qué le vamos a hacer! Dejaré su versión.

¡Eh! -algunos quieren el vino tinto, otros lo quieren blanco, o están locos por el baile, cuando la luna brilla blanca, pero sólo el ron, cuando bebes ron, vives bien el tiempo, piensa el viejo y valiente capitán Stratton.

Estos versos los recitaba con un patetismo silencioso, pero creíble. Hasta hoy los oigo en la mente cuando le recuerdo. Ni estaba loco por el baile, ni bebía ron; sólo unas gotitas en el té por Navidad.

¡Eh! -algunos quieren el vino francés, otros el de la lejana España,

otros piensan -ay, qué tontos - que cada chica es un ángel, pero a mime gusta el ron -el ron de Jamaica, ¿quién se puede quejar de él? dice el viejo y valiente capitán Stratton.

Lo dice el poeta. Pero creo que si Chlumecky lo pudiera decidir, en vez de sentarse a la mesa con botellas de alcohol, preferiría arrodillarse delante de la imagen de una mujer e inventaría las palabras más hermosas en su honor. Aunque fuese sin esperanzas, aunque fuese en vano.

¡Eh! -algunos quieren lirios y otros quieren rosas,

pero yo quiero la caña de azúcar, sólo la isla de Jamaica puede

sacar tal flor que apreciará la piel morena de mi nariz,

dice el viejo y valiente capitán Stratton,

¡Eh! -algunos quieren el violín, otros prefieren canto, otros bonitas palabras para hechizar corazones de muchachas, pero los labios están hechos para el vaso y sólo el ron limpia la

sangre, opina el viejo y valiente capitán Stratton.

En su juventud Chlumecky había estado aprendiendo a tocar el violoncelo. Sabía bastante y seguramente habría logrado una cierta perfección. Tenía un buen sentido para la música. Pero no podía continuar con el violoncelo. Se lo prohibió el corazón. Escribía versos. Y no estaban mal. Cuando volvió con su amiga de un concierto donde habían tocado el cuarteto en do mayor de Dvoíák, escribió unos interesantes versos que llamó Cantabile. En este poema se habla de la música de violoncelo, que con su voz llama a los ángeles. Como entonces no podía tocar ese instrumento él mismo, tenía que ponerse de acuerdo con los ángeles directamente. Era católico.

Hay algunos obsesionados con las cartas mientras otros miran

allí donde se baila,

otros prefieren rojos labios y el encanto de unos ojos, pero sólo un litro de Jamaica es lo que me conmueve, dice el viejo y valiente capitán Stratton.

Algunos, que son buenos, piensan que es pecado

ver las copas y sus dólares en ellas;

yo quiero la armonía de la copa, ¿por qué vivir como un monje?,

dice el viejo y valiente capitán Stratton.

No, Chlumecky tampoco jugaba a las cartas, y naturalmente aún menos intentaba bailar. No obstante, tampoco vivía como un monje. Tenía bastante fuerza y creó su propio mundo. Y éste fue lo suficientemente bello para que pudiera vivir en él cuando el destino le privó de tanto.

¡Eh! -algunos que visten de seda no son más que gamberros, otros que parecen honrados son unos ladrones, yo bebo honestamente y moriré calzado como el viejo y valiente capitán Stratton.

Al final de esta estrofa, con un acento de cierto orgullo, el recitador daba un vivo taconazo. Sin embargo, no logró acabar calzado. Le hacía falta algo para un final así. ¡Un detalle! La mar tempestuosa.

Una amiga de Chlumecky, una joven profesora del Colegio femenino de Praga, Marta Husákova, se casó con el doctor Hodgkiss y se fue con él a Inglaterra. Apenas se encontró en tierra inglesa, escribió al poeta John Masefield: en la lejana Bohemia hay un joven que se ha enamorado de su poesía. Recita sus versos y los da a conocer a los jóvenes checos. El poema sobre el curioso amor del capitán Stratton figura entre sus poemas preferidos. El poeta invitó a la señora de Hodgkiss a su casa y se sintió muy conmovido con su historia sobre Chlumecky. Le escribió una amistosa carta. Desde entonces, entre las primeras felicitaciones navideñas cada año figura la de este poeta. Yo tampoco salí de aquella visita con las manos vacías. Recibí un ramito verde del laurel de su casa. Lo guardé detrás del cristal de mi biblioteca. Con el tiempo se secó y se volvió marrón. Cada vez que lo miraba no podía reprimir una sonrisa, acordándome de Svata Kadlec. Durante la guerra, cuando visitábamos a Jifí Mafánek, Kadlec nunca se olvidó de coger en secreto unas hojas de laurel de las coronas que colgaban de las paredes. Le gustaba cocinar y necesitaba las hojas para las salsas. En aquel entonces, no se podía conseguir laurel.

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