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—Es usted quien necesita lecciones —repuso Filip Filipovich—. Mírese en el espejo.

—Casi me saca un ojo —concluyó Bolla con tono lúgubre llevándose una mano negra a su ojo.

Cuando el piso ennegrecido por la humedad comenzó a estar algo seco, todos los espejos estaban empañados y las campanillas ya no sonaban, Filip Filipovich se encontraba en el vestíbulo, calzado con pantuflas de cuero marroquí color rojo.

—Sírvase Fiodor, esto es para usted.

—Muchas gracias.

—Vaya a cambiarse enseguida. Espere: dígale a Daría Petrovna que le sirva un poco de vodka.

—Se lo agradezco también —Fiodor vaciló un instante, pero se decidió—. Hay algo más, Filip Filipovich. Pero es respecto al vidrio del departamento número siete. El ciudadano Bolla tiró piedras...

—¿Contra un gato?

—No, no... Fue más bien contra el dueño del departamento que quería denunciarlo ante la justicia.

—¡Diablos!

—Había besado a su cocinera. Ella lo echó. Entonces riñeron y...

—¡Por amor de Dios! Avíseme si vuelve a oír cosas de esa índole. ¿Cuánto le debo?

—Un rublo y medio.

Filip Filipovich sacó de su bolsillo tres monedas brillantes y se las entregó a Fiodor.

—Vaya una desgracia dar un rublo y medio a semejante patán —dijo una voz sorda junto a la puerta.

Filip Filipovich se volvió, se mordió el labio y sin pronunciar palabra alguna empujó a Bolla hacia la sala de espera donde lo encerró con llave. Desde dentro Bolla protestó enérgicamente y enseguida, se puso a dar puñetazos en la puerta.

—¡Basta! —exclamó Filip Filipovich con voz doliente.

—Efectivamente, es un hecho —comentó Fiodor en tono significativo—, que jamás he visto en mi vida un insolente igual.

Bormental pareció surgir del suelo.

—Por favor, Filip Filipovich, no se preocupe.

El enérgico esculapio abrió la puerta, entró en la sala de espera y con voz que se oyó desde afuera, exclamó:

—¿Qué es esto? ¿Cree que está en una taberna?

—Eso es... —aprobó Fiodor, sentencioso—. Así es como hay que hacer. Y una buena bofetada ...

—Vamos, vamos, Fiodor —murmuró tristemente Filip Filipovich.

—Perdóneme, Filip Filipovich, pero me da pena por usted.

—¡No, no y no! —insistía Bormental—, le ruego que se la ponga.

—Poner qué... poner... —balbuceó Bolla, malhumorado.

—Se lo agradezco, doctor —dijo amablemente Filip Filipovich—, en lo que a mí respecta, ya renuncié a formular observaciones.

—De todas maneras no le permitiré comer hasta que no se la ponga. Zina, quítele la mayonesa.

—¿Cómo, quitármela? se afligió Bolla, Me la pongo, me la pongo.

Y protegiendo con una mano el plato que Zina había hecho ademán de llevarse, con la otra se colocó la servilleta alrededor del cuello, lo cual lo hacía parecer un cliente que aguarda el barbero.

—¡Y con el tenedor! —agregó Bormental.

Bolla lanzó un profundo suspiro y comenzó a bañar trozos de esturión en la salsa espesa.

—¿Me pueden dar otro poco de vodka? —preguntó.

—¿No tomó bastante? —inquirió Bormental—. Me parece que estos últimos tiempos está abusando de la vodka.

—¿Acaso quiere economizarla? —preguntó Bolla con mirada astuta.

—No diga tonterías —intervino Filip Filipovich severo.

—Déjeme, profesor, yo me ocuparé de él. Escúcheme, Bolla. Usted dice tonterias y lo peor de todo es que las dice con aplomo, en un tono que no admite réplica. Evidentemente, no tengo motivos para economizar la vodka, tanto más cuanto no es mía, sino del profesor. El hecho es que primero, le hace daño y, segundo, aun sin vodka no sabe conducirse correctamente.

Bormental hizo un gesto hacia el aparador cuyo espejo estaba torpemente remendado.

—Zinuchka, dame un poco más de pescado, por favor —dijo el profesor.

Entretanto Bolla se había apoderado del botellón, sirviéndose una copa de vodka mientras miraba de reojo a Bormental.

—También hay que servir a los demás —hizo notar el asistente—. Y en este orden: primero a Filip Filipovich, luego a mí y en último término a usted.

Con una sonrisa irónica apenas visible, Bolla llenó las copas.

—En esta casa todo está medido y ordenado como papel pautado: la servilleta aquí, la corbata allí, "perdóneme", "por favor", "gracias". La verdadera vida es otra cosa. Ustedes se preocupan de todo eso como si todavía estuviésemos en el tiempo de los zares.

—¿Y puedo preguntarle qué se hace en “la verdadera vida”?

Bolla no contestó esta pregunta de Filip Filipovich, pero alzó su copa y brindó:

—Pues bien, les deseo a todos...

—Lo mismo para usted —interrumpió Bormental con cierta ironía.

Bolla vació su copa, hizo una mueca, acercó a su nariz un trozo de pan, lo husmeó y lo engulló mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

—El pasado —murmuró de pronto Filip Filipovich, como perdido en sus pensamientos.

Bormental lo miró sorprendido.

—¿Cómo dijo?

—El pasado —repitió el profesor—. No hay nada qué hacer. Klim.

Bormental lo miró a los ojos súbitamente interesado.

—¿Lo cree así, Filip Filipovich?

—No lo creo, estoy seguro.

—¿Sería posible?...

Bormental se interrumpió y observó a Bolla.

Éste tenía el rostro enfurruñado como si sospechase algo.

Später...³—dijo Filip Filipovich a media voz.

Gut 4—respondió el asistente.

³y 4En alemán, en el original (N. de la T.)

Zina trajo la pavita asada. Bormental sirvió a Filip Filipovich una copa de vino tinto y le ofreció a Bolla.

—No quiero. Prefiero vodka.

Con el rostro reluciente, la frente sudorosa, Bolla empezaba a animarse. El vino parecía haber suavizado un poco el humor de Filip Filipovich; ahora, con la mirada más serena consideraba con mayor benevolencia a Bolla, cuya cabeza negra se destacaba sobre la servilleta blanca como una mosca en un tazón de leche.

Reanimado por la comida, Bormental se sentía lleno de entusiasmo.

—Y bien, ¿qué vamos a hacer esta noche? —preguntó a Bolla.

Éste parpadeó.

—Ir al circo, es lo mejor que existe.

—Todos los días al circo —observó Filip Filipovich, bonachón—, me parece que resulta bastante aburrido. En su lugar trataría de ir alguna vez al teatro.

—No iré al teatro —contestó Bolla, hostil, y se llevó la mano a la boca para signarse.

—Eructar en la mesa corta el apetito a las otras personas —observó maquinalmente Bormental—. Perdóneme, pero... ¿qué tiene en contra del teatro?

Bolla miró en su copa vacía como en un largavista, reflexionó un instante y contestó engolando los labios:

—Es bueno para los imbéciles... Hablan, hablan... no es otra cosa más que contrarrevolución.

Filip Filipovich se apoyó contra el respaldo gótico y estalló en una carcajada que hizo brillar en su boca una verdadera empalizada de oro. Bormental se limitó a menear la cabeza.

—Debería leer un poco —propuso—, de lo contrario, sabe...

—Pero yo leo, leo...

Y con gesto rápido y ávido, Bolla volvió a servirse media copa de vodka.

—Zina —exclamó Filip Filipovich alarmado—, llévate la vodka, no queremos más. ¿Y qué lee?

En el espíritu del profesor se corporizó una imagen: una isla desierta, una palmera, un hombre vestido con pieles de animales... “Lo que le haría falta leer es Robinson...”

—Leí la... como se dice... la Correspondencia de Engels 5con ese... cómo diablos... Kautsky 6.

5y 6Federico Engels (1820-1895), fundador, junto con Carlos Marx, del Socialismo Científico y continuador de su obra; Carlos Juan Kautsky (1854-1938), socialista alemán y famoso hombre de Estado. (N. de la T.)

El tenedor de Bormental que llevaba a su boca un trozo de carne blanca quedó suspendido en el aire, y Filip Filipovich volcó un poco de vino sobre el mantel. Bolla aprovechó para beberse su vodka.

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