Zina abrió el grifo del lavabo y Bormental corrió a lavarse las manos. Luego Zina se las roció con alcohol.
—¿Puedo irme, Filip Filipovich? —preguntó mirando asustada la cabeza afeitada del perro.
—Puedes irte.
Zina desapareció. Bormental seguía atareado. Rodeó la cabeza de Bola con pequeños cuadrados de gasa y sobre la almohada apareció el espectáculo insólito de un cráneo calvo de perro unido a una extraña cara barbuda.
El Gran Sacerdote salió de su inmovilidad. Se irguió, miró la cabeza afeitada y dijo:
—Con tu bendición, Señor. Bisturí.
Bormental eligió entre los instrumentos dispuestos sobre la mesa un cuchillito de hoja encorvada y lo tendió al pontífice. Luego él también se puso guantes de goma negros.
—¿Está dormido? —preguntó Filip Filipovich.
—Está bien dormido.
Filip Filipovich apretó los dientes. Sus ojos adquirieron un brillo fulgurante mientras el bisturí trazaba sobre el vientre de Bola una línea larga y nítida. La piel cedió inmediatamente y la sangre salpicó hacia todos lados. Bormental se apresuró, taponó la herida con compresas de gasa y apretó los bordes con pequeñas pinzas semejantes a pinzas para azúcar. La sangre dejó de correr. En la frente de Bormental brotaban gotas de sudor. Filip Filipovich cortó de nuevo el pellejo y los dos hombres se pusieron a hurgar en el cuerpo de Bola con ganchos, tijeras, especies de garfios. Extirparon tejidos rosados y amarillos de los que goteaba un rocío sanguinolento. Filip Filipovich, que hacía girar su bisturí en el cuerpo del perro, gritó de pronto:
—¡Tijera!
Un instrumento brillante apareció como por arte de magia entre las manos del mordido. Filip Filipovich hurgó más hondo y con unos pocos movimientos ágiles retiró las glándulas genitales así como algunos trozos de carne.
Sudando a chorros, Bormental se precipitó hacia un frasco de vidrio del que sacó otras glándulas genitales, húmedas y fláccidas. En las manos del profesor y de su asistente revolotearon algunos filamentos húmedos. Las agujas curvas chocaron contra las pinzas y las nuevas glándulas reemplazaron a las anteriores. El Gran Sacerdote se irguió, cubrió la herida con una compresa de gasa y ordenó:
—Cosa inmediatamente, doctor.
Volvió la cabeza para mirar el reloj blanco colgado en la pared:
—Catorce minutos ya —murmuró Bormental entre sus dientes apretados, mientras pinchaba una aguja curva en el tejido fofo.
Entonces los dos hombres empezaron a apresurarse como si los persiguiese la policía.
—¡Bisturí! —gritó Filip Filipovich.
El bisturí brotó solo entre sus manos.
El rostro del profesor adquirió un aspecto terrible. Un rictus descubría sus dientes de porcelana y oro. Con gesto rápido, trazó sobre la frente de Bola una corona roja; la parte rasurada fue levantada como un escalpo y el hueso quedó al descubierto. Filip Filipovicli gritó:
—¡Trépano!
Bormental le tendió una especie de berbiquí centelleante.
Mordiéndose el labio, el profesor comenzó a horadar alrededor del cráneo una serie de agujeritos separados un centímetro uno de otro. No demoraba más de cinco segundos en cada uno. Luego tomó una sierra de extraño aspecto, introdujo el extremo de la hoja en el primer agujero y empezó a aserrar como si se tratase de abrir una lata de conservas. El hueso crujía y vibraba ligeramente. Tres minutos más tarde, la calota craneana era retirada.
La bóveda del cerebro apareció entonces al desnudo, masa gris veteada de venas azuladas y manchas rojizas. Filip Filipovich acercó su tijera a la membrana duramáter y comenzó a cortar. En un momento dado brotó un chorro de sangre que estuvo a punto de regar el ojo del profesor y salpicó su gorro. Bormental se arrojó como un tigre, con una pinza en la mano, apretó, pellizcó y logró detener el chorro. El sudor le corría por el rostro que se le había encendido con manchas encarnadas; sus ojos iban incesantemente de las manos del profesor a la bandeja cargada de instrumentos de la mesita. En cuanto a Filip Filipovich, su expresión era propiamente aterradora. De su nariz escapaba un silbido y sus labios levantados descubrían los dientes mostrando las encías. Arrancó la envoltura y penetró más hondo, dejando al desnudo los hemisferios cerebrales. En ese instante Bormental palideció, posó la mano sobre el pecho de Bola y dijo con voz ronca:
—El pulso se debilita rápidamente...
Filip Filipovich le lanzó una mirada feroz, emitió un gruñido inarticulado y continuó manejando la tijera con mayor prisa. Bormental rompió una pequeña ampolla de vidrio, pasó su contenido a una jeringa y pinchó pérfidamente a Bola en la zona del corazón.
—Llego a la silla turca —exclamó Filip Filipovich.
Los guantes resbaladizos y ensangrentados extrajeron de la cavidad craneana el cerebro gris y amarillo del perro. Echó una breve mirada sobre la cara de Bola y Bormental se apresuro a romper una segunda ampolla llena de un liquido amarillo con el que llenó una larga jeringa.
—¿Al corazón? —preguntó tímidamente.
—¡Qué pregunta! —rugió el profesor, furioso—. De todas maneras, ya está diez veces muerto. Pínchelo. ¡Es increíble!
Su expresión era la de un bandido fanático.
El doctor hundió delicadamente la aguja en el corazón del perro.
—Vive aún, pero apenas.
—No es el momento de discutir si vive o no —exclamó Filip Filipovich, terrible—. Estoy en la silla. Si muere... Morirá de todas maneras... Al diablo... Hacia las orillas sagradas... Déme la hipófisis.
Bormental le tendió un frasco lleno de líquido en el cual una especie de tapón blanco parecía pender del extremo de un hilo. Con una mano ("Realmente, nadie lo iguala en Europa... ¡Qué hombre!" pensó confusamente Bormental), el profesor asió el taponcito blanco mientras que con la otra mano, armada de tijera, hurgaba entre los hemisferios separados y retiró otro tapón similar. Arrojó en un plato el de Bola y en su lugar colocó el otro; sus dedos cortos, que por milagro se habían vuelto finos y ágiles, se apresuraron para fijarlo mediante un hilo ambarino. Una vez terminada la operación, retiró del cráneo los separadores, una pinza, colocó nuevamente el cerebro en su lugar en la cavidad craneana, retrocedió y preguntó con tono más calmo:
—¿Está muerto, naturalmente?
—El pulso es apenas perceptible —respondió Bormental.
—Aplíquele más adrenalina.
El profesor recubrió los hemisferios con su membrana, colocó exactamente la calota craneana, puso el escalpo encima y rugió:
—¡Cósalo!
Bormental cosió la cabeza en cinco minutos, no sin haber roto tres agujas.
Sobre la almohada, rodeada de sangre, se destacaba ahora la cara apagada y sin vida de Bola con el cráneo coronado por una herida circular.
Filip Filipovich se estiró totalmente, como un vampiro satisfecho; se quitó un guante en una nube de talco y de sudor, luego se arrancó el otro, lo arrojó al suelo y oprimió un botón contra la pared. Zina apareció en el marco de la puerta y volvió enseguida la cabeza para no ver a Bola ensangrentado.
Con sus manos de color de tiza, el Pontífice se quitó el gorro maculado de sangre y le gritó:
—Dame enseguida un cigarrillo, Zina. Y prepárame un baño y ropa limpia.
Con la barbilla apoyada en el borde de la mesa, Filip Filipovich levantó con dos dedos el párpado derecho del perro, miró el ojo moribundo y dijo:
—¡Caramba! Todavía no reventó. Pero de todas maneras no demorará en hacerlo. Es una lástima por el animal, doctor Bormental. Era afectuoso, aunque astuto.
* * *
Diario del Doctor Bormental
Un cuaderno delgado, de formato corriente, redactado por el doctor Bormental. Las dos primeras páginas son cuidadas, letra clara y apretada. Luego, su caligrafía se vuelve más abierta y nerviosa, con numerosos manchones de tinta.