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Yakonov tenía todas las calificaciones y los medios para esta pretensión. Había dominado dos idiomas, y las estaciones de radio foráneas rivalizaban entre sí ofreciéndole información. El ministerio recibía periódicos técnicos y militares extranjeros y los enviaba en seguida a sus cerrados institutos. A los editores de esos periódicos le gustaba incluir de cuando en cuando un ensayo sobre política, o la futura guerra global, o la futura estructura política del planeta. También, moviéndose como lo hacía en altos círculos, Yakonov, de tiempo en tiempo, se enteraba de detalles no asequibles a la prensa. Tampoco desdeñaba la traducción de libros sobre diplomacia e inteligencia. Y, más allá de toda esa información, tenía sus propios y penetrantes pensamientos. Su juego de ajedrez consistía en que desde su sillón de hamaca, él observaba el partido del Este versus Oeste, y trataba de imaginar el resultado por los movimientos que hacían.

¿De qué lado estaba él? Cuando las cosas en el trabajo andaban bien, estaba, por supuesto, a favor del Este. Cuando lo apretaban demasiado, estaba más bien por el Oeste. Su propia visión superior era que, el que fuera el más fuerte y el más cruel ganaría. En esto, desgraciadamente, toda la historia y sus profetas coincidían.

En su temprana juventud había adoptado la frase popular: "¡Toda la gente es canalla!" Y cuanto más vivía, tanto más se afirmaba y confirmaba esta verdad. Encontraba más pruebas de ello cuanto más profundamente indagaba; de esta manera le fue más fácil vivir. Porque si toda la gente era canalla, pues no había que hacer nada "para la gente" sino para uno mismo. No hay un "altar social" y nadie necesita perder tiempo pidiéndole a uno sacrificios. Hace mucho tiempo todo esto fue expresado con mucha sencillez por un dicho popular: "Tu propia camisa es lo que está más próximo a tu cuerpo".

Los guardianes de los interrogatorios y de las almas no tenían por lo tanto que preocuparse de su pasado. Pensando en su vida, Yakonov comprendió que las únicas personas que van a prisión son aquellas a quienes en algún momento de sus vidas les fracasa la inteligencia. La gente realmente inteligente mira hacia adelante; pueden contorsionarse y escabullirse, pero siempre permanecen en una sola pieza y en libertad... ¿Por qué malgastar detrás de las rejas la existencia que es sólo nuestra y mientras podemos respirar? No, Yakonov había renunciado al mundo de los zeks, no únicamente en apariencia sino por una convicción íntima. ¿De qué manos hubiera recibido de otra manera cuatro habitaciones espaciosas con un balcón y siete mil al mes? Por lo menos no las habría recibido tan pronto. Lo injuriaban, lo trataban caprichosamente, con frecuencia con estupidez, siempre con crueldad... pero en la crueldad, después de todo, estaba la fuerza, su manifestación más auténtica.

Ahora Shikin le tendía la lista de zeks condenados a ser trasladados al día siguiente. La lista ya acordada tenía diez y seis nombres, y ahora Shikin agregó con aprobación los dos nombres en el anotador del escritorio de Yakonov. Veinte había sido el total fijado por la administración de la prisión, de manera que tenía que "encontrar" dos víctimas más, e informar al Teniente Coronel Klimentiev antes de las cinco de la tarde.

Sin embargo, ningún candidato se le ocurrió al momento. De alguna manera siempre sucedía que los mejores especialistas y trabajadores de Yakonov eran indignos de confianza en el área de seguridad, mientras que los favoritos de los oficiales de seguridad eran inservibles y cobardes. Esto hacía difícil coincidir en los nombres para completar los traslados.

Yakonov puso la lista sobre su escritorio e hizo un gesto tranquilizador con las manos.

—Déjeme la lista. Lo pensaré. Usted también piénselo. Hablaremos por teléfono.

Shikin se puso lentamente de pie y —no debió haber dicho nada pero lo hizo— se quejó con esta persona que no merecía oír su queja, sobre la acción del ministro admitiendo a Rubin y a Roitman en el cuarto 21, mientras a él, Shikin, y al Coronel Yakonov no se les permitía el acceso. ¡Su propia dependencia! ¿Cómo pudo suceder eso?

Yakonov levantó las cejas y dejó sus párpados cerrados de manera, que su rostro pareció por un momento el de un ciego. Era como si estuviera diciendo: "sí Mayor, sí amigo mío, es doloroso para mí, muy doloroso, pero no puedo levantar los ojos y mirar el sol!"

Yakonov consideraba el cuarto 21 un asunto dudoso, y a Roitmart un muchacho demasiado ansioso que podría quebrarse el cuello en cualquier momento.

Shikin se marchó, y Yakonov recordó el más placentero de los deberes que le aguardaban hoy, porque ayer no había tenido tiempo para ello. Si pudiera realizar un progreso definitivo en el codificador integral, lo salvaría de Abakumov cuando terminara su mes de plazo.

Telefoneó a la Oficina de Diseños y ordenó a Sólogdin que trajera su nuevo proyecto.

Dos minutos después Sólogdin golpeó y entró, esbelto, con su barba rizada, con las manos vacías, vistiendo un guardapolvo sucio.

Yakonov y Sólogdin casi, nunca se habían hablado porque no había habido ninguna razón para citar a Sólogdin a su oficina. En la Oficina de Diseño o cuando se encontraban accidentalmente, el Coronel de Ingenieros no prestaba atención a esta insignificante persona. Pero ahora, observando la lista de nombres y patronímicos debajo del cristal, Yakonov, con toda la cordialidad de un señor hospitalario, miró con aprobación al que entraba y, hablándole en forma expansiva, le dijo:

—Tome asiento, Dimitri Aleksandrovich, me alegra verlo. Manteniendo los brazos rígidos a sus costados, Sólogdin se acercó, inclinándose en silencio y permaneció de pie, erguido e inmóvil.

—Parece que usted nos ha preparado una secreta sorpresa murmuró

Yakonov—. Hace pocos días... fue el sábado, ¿verdad?, vi su dibujo de la sección principal del codificador integral en la oficina de Vladimir Erastovich. ¿Por qué no toma asiento? Le eché una rápida ojeada, y estoy muy ansioso por hablar de eso en forma más detallada.

Sin desviar sus ojos de la mirada de Yakonov, que estaba llena de un sentimiento de comprensión, Sólogdin continuó de pie, medio dado vuelta e inmóvil, como si hubiera comenzado un duelo y estuviera esperando él disparo. Replicó con mucha precisión:

—Usted está equivocado, Antón Nikolayevich. Trabajé cuando pude en el codificador. Pero todo lo que logré hacer y lo que usted vio, fue una creación grotesca e imperfecta de acuerdo a mis muy mediocres aptitudes.

Yakonov se reclinó en su silla y protestó con cordialidad:

—¡Vamos, mi amigo, por favor, prescindamos de la falsa modestia! Aun cuando ojeé su proyecto rápidamente, me formé una opinión muy favorable de él. Y Vladimir Erastovich, quien puede juzgar mejor que ninguno de nosotros lo elogió mucho. Ahora mismo voy a dar orden de que no dejen entrar a nadie. Vaya y busque su dibujo y sus cálculos y los veremos. ¿Le gustaría que llamara a Vladimir Erastovich?

Yakonov no era un administrador torpe o interesado sólo en los resultados del proceso productivo. Era ingeniero y en un tiempo había sido un ingeniero audaz, y ahora sentía algo de esa delicada satisfacción que la inventiva humana en prolongado desarrollo puede proporcionarnos. Esta era la única y verdadera satisfacción que todavía le proporcionaba su trabajo. Lo miró con expresión interrogante, sonriendo con amabilidad.

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