– Exacto exclamó él triunfante-. Por eso, eliminemos el cuerpo. Ya ha sido utilizado y quedará para siempre de lado. Pero lo que queda, el propio ser… ¿podemos ir más allá de decir que por lo menos la idea de su continuidad es una realidad? O, para expresarlo de otro modo, ¿qué tiene de real la mera idea de realidad? Piensa en la energía atómica, liberada como fisión entre elementos atómicos. Existió primero como idea, ¿no? ¿No existió primero como idea? Existió, pero ¿en qué cantidad, por cuánto tiempo? Si la idea era acertada, entonces era real hasta cierto punto. Si hubiera resultado errónea (y las ideas pueden ser equivocadas y por tanto erróneas, y por ende irreales), hubiera existido brevemente o nada. Pero ¿no podía haber sido, por cuanto ha existido en sí mismo, para siempre, como idea? Repitiendo en otras palabras, el principio de cualquier realidad se contiene en una idea.
– ¿Brota de una idea? -sugirió Edith.
– No -repudió-, la idea es la primera realidad.
– La posibilidad de la realidad -le corrigió.
– ¡Ah, ya te tengo! -exclamó triunfante-. Así que la posibilidad es en sí misma realidad, ¿no es cierto?
Lo pensó bien antes de contestar.
– ¡Pero la posibilidad no es continuidad!
– No, pero la continuidad no se niega del todo, con tal de que haya posibilidad de continuidad.
– ¿Y cómo salimos de este atolladero? -rió ella.
Pero él no rió, ni siquiera sonrió. En lugar de ello se puso intensamente serio. Soltando la mano de ella, que había retenido todo aquel tiempo, pareció olvidarse de su presencia.
– Por intuición -musitó-. Si la perpetuidad es la realidad del espacio, de la energía, de los mismos átomos, ¿va a sernos denegada a quienes conocemos nuestro propio ser? ¡Rechazo tal absurdo!
Le escuchaba, absorta, capturada y retenida en el brillante chorro de palabras y lógica que continuó durante horas. Cuando al fin el reloj dio las doce, él se detuvo en seco.
– ¡Cielos, cómo hablo! ¡Tienes una paciencia de ángel! Vamos a acostarnos, amor mío.
Y en su arrobo, olvidada por completo de que había tenido otros planes, se dejó conducir.
…Durante la noche se sintió envuelta y, al despertar, le halló a su lado. A la luz de la luna vio el rostro que la miraba, sorprendente en su fuerte hermosura. La edad revelaba las líneas de una estructura ósea perfecta, los ojos, que todavía ardían brillantes, eran de un azul acerado bajo las plateadas cejas. Tenía una boca tierna, ni pequeña ni grande, de labios delicadamente formados, y de pronto los sintió sobre los de ella, apasionadamente tiernos.
– He estado mirando dormir a mi amor -musitó él-, ¡tan hermosa en tu sueño, adorada!
– ¿No has dormido?
– No quiero hacerlo. Quiero saber que estás aquí… quiero saberlo todo el tiempo. Tú me prestas certidumbre. Sobreviviré. ¡Lo sé, porque vivo! La vida tiene esa sustancia que no puede rendirse a la muerte. Platón estaba convencido de ello, hace mucho. Tengo derecho a vivir, amada mía. Sería una injusticia demasiado grande, una pérdida demasiado irracional si muriera… yo o cualquier otro que exige vivir. La supervivencia existirá porque tiene que existir. Este es el gran imperativo moral.
Rodeada, elevada, animada, sintió que su amor por él se elevaba como con alas. Le reverenció casi con adoración. El espíritu del hombre, osado y valeroso, el ardor de su naturaleza, la brillantez de su pensamiento que penetraba más allá del conocimiento, le dejaban atónita y le prestaban protección. Si había alguien en quien poder confiar era este hombre. Le atrajo hacia sí, por primera vez ella el agresor, y le besó plenamente en la boca, sintiendo al propio tiempo delicia y dolor… delicia porque le amaba como nunca había sabido amar antes, con puro placer, y dolor porque ella tendría que seguir viviendo en su cuerpo muchos años después que él. Pero ahora, en este breve instante, breve porque no podía compartirse más allá de los años, se sintió como totalmente despojada de todo otro amor. Había amado a Arnold, pero sin adoración. Es más, a él la adoración le hubiera echado hacia atrás, hubiera protestado contra ello, rechazándolo porque le habría hecho sentirse incómodo. Pero Edwin tenía la grandeza de la sencillez.
– Te amo -le dijo ella-. Tú hablas de realidad. Bueno, pues ésta es la realidad. Te amo. De verdad, te amo de una forma que no alcanzo a comprender, pero te amo.
El recibió la declaración con toda calma.
– Entonces nos encontraremos más allá de la tumba. Qué poder el del amor… Amarte es fácil, querida, pero que tú me ames, eso es lo que da la garantía. El amor atraviesa cuanto es falso, cuanto es efímero. El amor encuentra la realidad, el amor crea el ansia de vivir para siempre y el ansia es la promesa de la inmortalidad. «Quien ama bien», nos dice Platón, «nace del Ser Inmortal». ¡Oh, amada mía, gracias!
La soltó, se dejó caer en la almohada y, con un profundo suspiro de paz, quedó dormido al instante.
…Al día siguiente ella regresó a su casa y pasaron varias semanas, tres, cuatro, tal vez cinco, pues apenas marcaba los días. Fueron semanas de paz, vagamente felices, pues no hizo esfuerzo alguno. Amelia viajaba por Europa durante tres meses y no había vuelto a saber de Jared. Casi agradecía tal silencio, pues le daba espacio para vivir sola consigo misma, para comprenderse, para descubrir sus propias necesidades, si es que las tenía, sus esperanzas, si es que necesitaba esperanza. La visitaban amistades, que le decían qué buen aspecto tenía, cuánto se alegraban de que repusiera tan bien de la muerte de Arnold. Les oía, sonreía, guardaba silencio. Empezaba a darse cuenta de que un nuevo ser iba apareciendo en ella. Con la desaparición de Arnold, una vida había desaparecido, su vida anterior, su infancia y juventud, su vida de esposa, de madre. Ahora todo tenía que ser nuevo, aunque no sabía qué ni cómo, pero la causa estaba en sí misma, la causa y la fuente. Tendría que esperar a que el nuevo ser saliera de su crisálida.
Mientras, seguía trabajando en el plano de la casa. Trabajaba por la mañana, después de desayunar tarde, planeando todos los detalles, cada color, cada cosa que pondría. Era buena matemática y utilizaba la regla de cálculo con habilidad. Ella misma sería el arquitecto y pronto se dedicaría a buscar un emplazamiento. Luego buscaría un contratista. ¿Y la vieja casa en que vivía, qué haría de ella? ¿Regalarla? ¿Venderla? Con ello vendería los recuerdos de toda una vida. Aquella decisión tendría que esperar asimismo, Todavía no estaba segura de su propio destino. Contemplaba a menudo, largo tiempo, su nuevo ser, y dicha contemplación la separaba del pasado. Había que planificar más que una casa. Una mujer tenía que vivir en la nueva casa. ¿Viviría sola?
Mientras meditaba de aquella forma una mañana en la biblioteca, echó un vistazo al correo. Seguía sin noticias de Jared, pero él nunca escribía cartas. Si quería comunicarse lo haría por teléfono o telegrama. Sin embargo, había una carta de Edwin. Pero no estaba segura de la letra del sobre. Era desparramada, insegura, no como la letra gruesa y sorprendentemente firme de Edwin. Pero sí que era de él, como lo vio nada más abrirla, unas líneas que se desvanecían en la nada.
¡Oh, amada, el cambio ha llegado! Estoy derrumbado. ¡Te morituri salutamus! Soy yo quien va a morir… yo sólo. Muero como he vivido, en la fe de que volveremos a reunirnos…
Aquello era todo… ni explicación ni descripción, simplemente que se moría. Iba a ponerse en pie, pero el teléfono que sonó súbitamente, resonante, la detuvo. Tomó el auricular y oyó una voz masculina.
– ¿La señora Chardman?
– Yo soy.
– Aquí Stephen Streadley. Usted es amiga de mi padre. Me ha pedido que se lo diga. Se está muriendo. Es cuestión de días, quizá de horas.
– Acababa de abrir una carta hace unos minutos, y temía…
– Todo se ha hecho ya. Es su corazón, por supuesto. Todos estamos aquí, mis hermanos, mi hermana y… los médicos.