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– Tú y él os acordaréis de ésta.

Y se marchó como un gángster de las literaturas periféricas. Al fin solo. Conesal se sentía fatigado y volvió al dormitorio en busca del estimulante para sus cansancios. Las cuatro pastillas de Prozac eran como un fetiche. Se las tomara a la hora que se las tomase del día. Siempre antes de las derrotas y las victorias presentidas. Pero no estaba en la mesilla de noche el frasco habitual. Ni tampoco en el botiquín del cuarto de baño. Ni sobre la repisa que respaldaba los lavabos. Cogió el teléfono y marcó el número del bar.

– ¿Lazarillo? Te has olvidado de reponerme el frasco de Prozac. Sube en seguida.

La borracha melancólica tenía el blanco de los ojos llenos de topos de sangre, sudadas las raíces de los cabellos vencidos sobre los ojos, volcado el escote, martirizados los brazos anchos de tanto amasárselos con las manos. Miraba hacia los cuatro lados de la habitación como sorprendida de haber sido atrapada, pero desde la resignación de una persona a la que se le ha caído la noche y la vida encima. Laura Ordeix Segura, nacida en Valencia, profesora de Estadística en la Universidad de Barcelona, casada con Oriol Sagalés desde 1975.

– El año en que murió Franco, sí.

Nada ni nadie le había exigido la coincidencia pero ella había querido comunicarla.

– Yo soy mayor que mi marido. Siete años, creo. Siete años. Antes no se notaba. Ahora un poco. O mucho, mucho, ¿verdad?

En efecto, había acudido a ver a Lázaro Conesal porque él se lo había pedido y si no se lo hubiera pedido también habría ido a hablar con él.

– Tuvimos una relación amorosa al final de los años sesenta, de hecho incluso hablamos de vivir juntos pero él se marchó a Alemania y a Estados Unidos para sus masters y sus cosas y yo no tuve valor de dejar a mis padres solos. Eran agricultores acomodados, muy mayores y yo su única hija.

Cuando volvió aprovechábamos cualquier circunstancia para vernos o cuando yo viajaba a Madrid, escasamente o cuando él pasaba por Barcelona. No. Nunca llegó a conocer a Oriol. Era nuestra relación. Yo tampoco trataba de compartir los recuerdos de mi marido, su vida privada, bastante he hecho ayudándole a escribir y a sobrevivir. Mi marido es la gran esperanza blanca de la joven literatura española, pero y pronto tendrá cincuenta años, creo. Nunca sé las edades de los demás. Sólo conozco la mía exactamente. Cincuenta y dos años. Dos más que Lázaro Conesal. Es mi sino. Ser mayor que los hombres que me atraen.

– ¿De qué manera ha ayudado a escribir y a vivir a su marido?

Laura se echó la melena hacia atrás, quería tener los ojos y la boca al descubierto cuando dijera:

– Desde pasarle primero a máquina y ahora al ordenador sus manuscritos hasta venderme todas las tierras que me dejaron mis padres para que él pudiera dedicarse únicamente a escribir. Es un hombre de talento, de mucho talento, pero es como un niño malcriado que se cree merecidamente el centro del mundo. Ni siquiera ha querido que tuviéramos hijos. Dice que él es mi hijo. Hace años me hacía gracia, pero a partir del momento en que cumplí cincuenta años, ninguna.

– ¿Sabía usted que se había presentado al premio Venice?

– Sí.

– ¿Habló usted a Lázaro de la candidatura de su marido?

Suspiró profundamente y quiso dar impresión de la máxima veracidad por el procedimiento de abrir los ojos hasta desorbitarlos y silabear espaciadamente las palabras.

– No. Oriol llegó a pedirme que lo hiciera. Estaba nerviosísimo y cargado de mala conciencia. ¡Él, que tanto había denostado los premios literarios! Me hacía reproches a mí, como si yo me hubiera arruinado por mi culpa y ahora tuviéramos apuros económicos porque no he sabido conservar el patrimonio de mis padres. Se tomaba concursar a este premio como un atraco anarquista a un banco y no le importaba ningún procedimiento, ni siquiera que estuviera por medio mi antigua historia con Lázaro. Le constaba que Lázaro seguía sintiendo algo por mí y no se planteaba si yo le correspondía. Es como un niño que instrumentaliza todo lo que le rodea para conseguir el éxito. Un perverso polimórfico, que en ciertos aspectos no ha llegado a la edad de la razón. ¿Por qué les ha dicho que él mató a Lázaro Conesal? ¿No se hacen esta pregunta? Dudo que lo haya matado, pero esta noche quiere salir de este lugar como un triunfador, si no obtiene el premio, lo conseguirá asesinando al hombre más temido y más odiado de España. Fabulará que ha actuado como Judith ante Holofernes o como Charlotte Corday ante Marat.

– Usted se vio con Conesal y dice que no le pidió que premiara a su marido.

– No. Yo le dije a Oriol que sí, que se lo pedí, pero no lo hice. No podía empezar a hacer trueques con Conesal y él ni siquiera se refirió a que mi marido fuera concurrente. Le encontré angustiado, tristísimo, en demanda de ayuda, como tratando de reconstruir el clima de aquellos años en que éramos inocentes. Todo se le estaba hundiendo. «Soy la serpiente que se muerde la cola, Laura.» El símbolo de la serpiente que se muerde la cola aparecía una y otra vez. Según parece se le había ocurrido por la tarde durante una reunión de altura que había tenido con el gobernador del Banco de España en la que le había comunicado que quedaba intervenida la Banca Conesal. Pasaba de la fiereza a la depresión.

– ¿Eso ha sido todo?

– Casi todo.

– Siento tener que hacerle una pregunta que pertenece a su privacidad, señora, pero el giro que ha dado a los hechos la autoacusación de su marido puede llevarla a un examen médico embarazoso.

– ¿De qué se trata?

– ¿Hizo usted el amor con Lázaro Conesal?

– Sí.

– ¿Se lo dijo a su marido?

– Sí, pero no le expliqué el verdadero sentido de lo que había hecho. Oriol tenía mala conciencia porque creía que me había utilizado para ganar el premio y de esa mala conciencia pasó a la irritación y a suponer que yo era capaz de acostarme por los cien millones de pesetas del premio. Entonces exploté y le dije que sí, que por su culpa me había acostado con Lázaro, que era un macarrón, un miserable macarrón en la vida y en la literatura.

Carvalho hizo una valoración a la alta de aquella mujer y comprendió que Lázaro Conesal se hubiera metido en ella como en una patria.

– Hicimos el amor, bueno, él. Estaba compulsivo y además fuimos interrumpidos por una serie de pedigüeños del premio. Tuvo que ponerse un pijama que había bajo la almohada para no salir desnudo.

– Usted conocía la costumbe de Lázaro Conesal de tomar estimulantes.

– Le he visto tomar toda clase de estimulantes y en el pasado no hacía el amor sin que los dos tomáramos dos rayas de coca cada uno.

– Ahora tomaba un fármaco legal e inocente que se llama Prozac.

– En efecto. Durante dos encuentros que tuvimos el año pasado ya se había habituado y me cantó sus excelencias. Me dijo que había una serie de productos y marcas sine qua non para ser un moderno y uno de ellos era el Prozac.

– Usted pasó al dormitorio y por lo tanto pudo ver la caja de Prozac sobre la mesilla de noche.

– No recuerdo ninguna caja de Prozac. No creo que la hubiera. Y me acordaría porque en una mesilla está el teléfono ocupándola casi totalmente y en la otra dejé mis joyas.

– ¿No había ninguna caja de estimulantes en el dormitorio del señor Conesal?

– No. No creo.

Ramiro interrumpió de pronto el interrogatorio y se fue hacia la puerta. Hablaba enérgicamente con el policía portero y se quedó allí hasta que trajeron a Sagalés enmarcado entre dos policías diríase que gemelos y aleros de baloncesto. Laura se echó a llorar cuando vio a su marido y tenía los ojos cerrados por las lágrimas y los cabellos cuando Ramiro le preguntó a Sagalés:

– ¿Cómo asesinó al señor Conesal?

– Le envenené.

Ramiro no parecía afectado por la revelación.

– ¿Le puso arsénico en el café?

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