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– Es usted el ministro más guapo que conozco.

– Pues no habla demasiado en mi favor.

La ministra reía con franqueza y Leguina ponía cara de circunstancias. Les hizo los honores hasta la mesa, pasó por encima de una mirada dura de su mujer y dejó a las autoridades bajo el cobijo de Álvaro.

– Aunque te dejo bien acompañada, ministra. Mi hijo Álvaro. Acaba de salir del MIT y necesita una guía espiritual cultural mediterránea, como tú, ministra. Recuerda, Álvaro, que la silla es prestada y en cuanto se emita el fallo, tú a tu sitio y yo al mío.

– He ganado con el cambio. Los hijos de los hombres guapos son aún más guapos que sus padres.

– Los hijos de los hombres ricos en cambio tenemos menos dinero.

No le gustaba que Álvaro se hiciera el pobre porque nunca lo había sido, no lo era y nunca lo sería, pero debía desaparecer de la sala y recuperar su mismidad, molestada porque le seguía de cerca el detective privado contratado por Álvaro y de cuyo nombre no conseguía acordarse. Milagros le retuvo por una manga.

– He tratado de localizarte.

– Quien te oiga va a pensar que no dormimos juntos.

– Regueiro me ha hecho llegar una novela horrible. Está en juego el porvenir de nuestro hijo.

– Podía haberlo pensado él antes.

– ¿No vas a hacer nada?

– Naufragio por naufragio me preocupa más el mío.

Hormazábal le salió al paso.

– Y de lo nuestro, ¿qué?

– ¿Tú crees que es el momento?

Otros se cruzaron en su camino felicitándole o pidiéndole información sobre el ganador.

– ¿Queréis conversación o saber el nombre del ganador? El jurado está reunido y me espera.

El detective privado se quedó en la puerta y Conesal se metió por el amplio pasillo de las boutiques dormidas camino de los ascensores del hall. Pero al pie del ascensor le esperaba el falso barman negro, Simplemente José, el hombre para todo.

– Quisiera hablar con usted sobre lo de mi hermana.

– Yo, no. Su hermana es una mujer adulta y ya le he dado toda clase de respaldos.

– Pero ella no quiere abortar.

– Es su problema.

El ascensor asolado era un refugio seguro que le llevaba a la añorada suite donde se esperaba a sí mismo, irritado por la obligatoriedad del teatro que había debido representar. Se quitó la corbata, los zapatos, la chaqueta y se tumbó de nuevo en el tresillo en busca de una postura que le permitiera reconocer a gusto su propio volumen y cuando ya la había encontrado percibió otra llamada en la puerta. Si era Altamirano otra vez le pillaba más entero y con ganas de echarle esta vez con su propia voz y manera. Pero en la puerta no estaba Altamirano sino una escritora con la que se había entrevistado hacía meses forzado por la presión de Marga Segurola: «Es la ganadora que te conviene, porque es el valor más antitético, tu otra cara de la luna. Figúrate, un ama de casa que escribe en sus ratos libres novelas que son casi pornográficas, pero de una gran dignidad de escritura.» Allí estaba aquella madre de familia escritora, con una pose de protagonista de novela de Gran Hotel, llena de vidas cruzadas y encuentros imposibles.

– Querido señor Conesal. ¿Soy inoportuna? No. ¿Podría concederme unos minutos?

Le abrió la posibilidad de apoderarse de la estancia y ella la aprovechó para dejarse caer grande y ancha sobre el sofá y taparse la cara con una mano para contener un sollozo. Pero se sobrepuso inmediatamente y ofreció los ojos húmedos pero valientes a la mirada desorientada de Conesal que realmente no sabía dónde mirar, ni dónde mirarla.

– Quisiera que usted me relevara el compromiso contraído.

– Perdone, pero no recuerdo.

– Usted me rogó que no me presentara al premio y me dio un anticipo a cambio. Lo interpreté como una genialidad por su parte, entonces, pero poco a poco me ha ido pareciendo una humillación.

– A los escritores más importantes de la Historia de la Literatura se les hubiera hecho un favor pagándoles para que no escribieran según qué cosas.

– Pero es que yo no le he hecho caso y he escrito mi novela. No. No es un título vacío entre las finalistas. Mi novela existe. Y es tan excelente, estoy tan contenta con ella, que puedo hacerle un favor por el simple hecho de que la considere como ganadora.

Si no interpretara el papel de escritora desparramada bajo el peso de su creatividad probablemente Conesal no se habría exasperado lo suficiente para preguntarle:

– Estoy calibrando qué favores podría usted hacerme a mí, señora. Y no acierto.

– Mi carrera literaria es limpia, sin concesiones. Nadie va a suponer que ha habido un cambalache. Mis novelas son productos auténticos, como mis hijos.

– Preferiría que me enseñara usted la fotografía de sus hijos que sin duda llevará en ese bolsito de mano.

– Tal como lo ha dicho usted suena a grosería.

– No sé por qué, ni siquiera le he propuesto que se acostase conmigo.

Se había puesto en pie movida por energías imprevistas y encendida abanicó la cara de Conesal con una mano abierta.

– Hubiera recibido una respuesta taxativa: No.

– Menos mal.

Entonces fueron sollozos como estampidos húmedos los que salieron de aquel cuerpo de walkiria ajada, previos a una carrerilla que la llevaba al infinito exterior donde se cruzó con un hombrón que parecía estar al acecho tras de la puerta.

– ¿Cómo se atreve a hablarle así a mi mujer? Todo su dinero me lo paso por el sobaco. Es usted un grosero.

Era uno de esos varones preñadores y con mucha barba, de acusado mentón y tipo apolíneo.

– Váyase antes de que mi servicio de seguridad le saque a patadas. Mamarracho.

Aunque era más alto que Conesal se aupó sobre las puntillas para alzarse amenazador.

– No está usted hablando con un don Nadie. Yo soy un ingeniero de puentes y caminos.

– ¿Cuánto gana al día? ¿A la hora? ¿Al minuto? ¿Sabe usted cuánto gano yo al segundo? Tanto que no puedo perderlo hablando con un novelista consorte. ¡Largo!

La indignación de Conesal se había convertido en furia que le hizo abalanzarse sobre el primer cenicero que encontró y lo lanzó con todo el impulso de su cuerpo contra el ingeniero de puentes y caminos. Se retiró el ingeniero sin cambiar el paso y Conesal se quedó dueño del campo, pero agitado y con ganas de cambiar de actitud y de piel. Se quitó la chaqueta, el corbatín, los zapatos, a manotazos. Recuperó el original de la caja fuerte y se dirigió al dormitorio con el fajo de folios en las manos y abrió un frigorífico excesivo para una suite de hotel. Se sirvió dos botellines de whisky con hielo y bebió la mitad del contenido del vaso de un solo trago. Recuperaba la normalidad cuando sonó el teléfono. Le pedía audiencia el señor Puig.

– Pásele el teléfono, por favor. ¿Quimet? De qué va la cosa. Bueno. Sube.

Contempló el fajo de folios y volvió al living para meterlo en la caja de caudales solar. Silbó una melodía y paseó a lo largo y ancho de las dos estancias, considerándolas un solo espacio, a zancadas cada vez más amplias y enérgicas hasta que le detuvo la llamada a la puerta. Quimet Puig era todo manos y ¿Qué tal? con las vocales abiertas hasta el infinito y su cordialidad de vendedor.

– ¡Qué fiesta, chico, tú, es demasiado! Todo lo que montas es colosal, colosal.

– ¿Una copa?

– No quiero más copas, tú, que luego vienen los sustos de la presión y mi mujer está a la que salta. No le gusta ser viuda, tú, qué quieres que te diga, con lo que me gustaría a mí ser viuda y rica.

Ya estaban sentados y la pierna de Conesal montada sobre la otra se movía incontrolada como dando patadas a la distancia que le separaba de Puig que divagaba sobre los invitados y sobre una entrevista que había tenido por la mañana con los Valls Taberner.

– Los dos a la vez, ¿eh? He podido con los dos a la vez.

– Quimet. Perdona, pero todavía he de ultimar lo del premio y me gustaría saber…

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