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Guillermo quedó contento de sí mismo y del condón ahorrado…

El abuelo volvió tarde, cuando los dos pseudomasajistas ya habían hecho los servicios a la nieta. La puerta abierta con una ganzúa le hizo originar malas ideas y pensamientos, los cuales los compartió con su niña. Solamente ahora Magda pudo recordar la extrañeza en la conducta del primer “masajista”. Le narró al abuelo sobre su torpe intento de robar la videocámara y, habiendo examinado sus prendas, declaró sobre la desaparición de un brazalete de oro, el regalo de sus padres con motivo de la mayoría de edad.

– ¿Qué apariencia tenía este joven? – Miljelen preguntó severamente.

– Magnífica… – respondió Magda, y se puso a gimotear como una niña.

El abuelo escupió con rabia en el piso y, habiendo descolgado el teléfono, pidió al guardia en la recepción que llamara a la policía para declarar el hecho de un robo con allanamiento.

Los inspectores de policía, acompañados de los funcionarios del servicio de seguridad del hotel y un traductor, llegaron al cabo de treinta minutos. Ni hablar de operatividad en el caso citado.

Las declaraciones de Magda eran confusas y disparatadas. En estas no había lógica alguna. Ella reaccionaba de una manera no adecuada a las preguntas estándares de los investigadores, como si leyera en ellas un subtexto no explícito sexual. Miljelen Calan, contemplando tal actitud de la nieta, estaba dispuesto a cambiar su opinión negativa respecto a las lesbianas desde el último tiempo, rechazar al dios Odín a favor del cristianismo tradicional y quemar todos los libros de Freud, salvo aquellas diez páginas que había leído con tanta dificultad. Por fin, le llegó el turno y el alemán cabeceó de manera positiva, cuando le preguntaron si tenía algunas sospechas.

– Un barman con demasiado ahínco intentaba detenerme hablando por hablar. Su nombre… Parece que se llamaba Julio… Julio César. ¡Precisamente así! – Miljelen tomó la iniciativa de la investigación en sus manos – Él se irritaba artificiosamente cuando yo intentaba apartarme de la barra, se ofendía por la falta de atención a su palabrería. Y aún más, el barman hablaba mal de Fidel Castro y pedía con insistencia propina.

La suerte de Julio César estaba echada…

* * *

El botín de Lázaro constaba de un brazalete de oro y una ropa interior de color turquesa – una lencería con bordadura de encaje. Venía volando en su “Lada”, viejita, sexto modelo a la cita con Elizabeth      , camarera-vanguardista del hotel “Paraíso-Punta Arenas”, una feúcha de veinte y seis años, que sufría por la falta de atención de su ex marido.

Cárdenas es un pequeño pueblito. Decían que Juan Miguel se buscó una amante mucho antes de haberse divorciado de Elizabeth. ¡Se separaron y todo! ¿Para qué compartir un techo? La mujer dijo que él nunca la quería, simplemente se compadecía de ella. Siempre sentía el complejo de inferioridad de su misericordia. Hasta reconoció que él, Lázaro, le regaló la felicidad… Elizabeth realmente por primera vez sintió lo que era una pasión, sentir que era deseada, sentir ser una mujer, de la cual no se compadecen, sino que la quieren sinceramente…

Lázaro deseaba únicamente solo una cosa – lo más rápido posible conocer a los familiares de Elizabeth, que estaban residiendo en Miami. El tío de Eliz, su tocayo Lázaro le ayudaría en los primeros días de estancia allí, luego él solo se las arreglaría. La meta estratégica que era hacerse millonario, ya no parecía ser una quimera.

En lo que se refiere a Eliz, dicho sea de paso, su cuerpo no era tan malo. Cabe decir, Lázaro disponía de un pelotón entero de chicas como ella. Pero precisamente ahora Eliz lo excitaba mucho más que todas ellas juntas. En ese aspecto, Lázaro se asemejaba ser una ramera, la que goza del orgasmo viendo solamente los grifos de oro en el jacuzzi.

En opinión de Lázaro, el apego a su ex marido Juan Miguel y al hijo Elián llegaba al absurdo. En sus proyectos a Elizabeth se le destinaba el punto clave, y él, como una persona con instinto hipertrofiado de propietario, aguantaba a duras penas tal bifurcación. Sin embargo, él estaba más que seguro de que quedaba poco tiempo para compartir a Elizabeth con su ex familia. ¡Lo viejo será destruido para satisfacer lo nuevo!

El ladroncillo no podía concebir que el pasado estuviera formando el futuro, y a menudo lo estaba conduciendo. Los individuos de tipo aventurero menosprecian sus viejos pecados, no desean analizar sus erróneos modos de actuar. Creen que, al enajenarse del pasado, llegarán más rápido a la meta. Cuál es su sorpresa cuando al final del trayecto se encuentran con el pasado, esta inesperada cita conlleva habitualmente a resultados infortunados.

Yendo camino a la “amada”, Lázaro hizo una parada imprevista. Pudo ver una vaga silueta conocida en el senderito empedrado, al lado de la parte transitable.

– ¡Quién lo hubiera dicho, Dayana! – lo dijo en voz alta y apretó el pedal del freno. El coche se detuvo chirriando al lado de la chica, en el pecho de la cual colgaba una mochila con un pituso. El “Lada” traqueteó unos segundos y se paró espontáneamente. El chófer con dificultades hizo bajar el vidrio, se atrancaba la manecilla.

– ¿Y en esta chatarra llevas a turistas? – expresó con ironía la muchacha.

– Es que tú sabes – esto es provisional – sin salir del coche, Lázaro lo comentó entre dientes, estando irritado con su ruidosa chatarra, la cual no arrancaba de ninguna manera.

– En tu vida todo es provisional – continuó riéndose del ex coinquilino la chulona – Aunque una sola vez hubieras venido a visitar a Xavier… – suavizando un poco el tono lo pronunció Dayana con reproche. El pituso, al oír su nombre, balbuceó algo ininteligible.

– Para qué visitarle, si acabo de verle – lanzó esta réplica Lázaro despidiéndose, estaba contento de que el coche hubiera arrancado. Apretó el pedal del acelerador, sin lamentarse dejó atrás a su antiguo amor y no deseaba pensar en el destino del ser, en cuyas venas fluía su sangre.

Al llegar al hotel “Paradisus Punta Arena”, se reaseguró por si acaso – no hizo parar el motor. Quién sabe… Con odio iba recordando sus intentos infructuosos al fallarle la llave de encendido hasta que no hubo concebido el olor de una fragancia agradable y no hubo oído la tierna voz de Elizabeth. Ella ya había saltado al asiento delantero de su coche y cerró así la portezuela.

– Llegaste con diez minutos de demora – le susurró en su oído.

– Para eso hubo causas muy sólidas – murmuró Lázaro, cubriéndola con besos. Hasta en este momento, después de las “simultáneas”, que organizó la alemana llena de amor en el hotel “Siboney”, él la besaba con gran placer. Su afición venía impulsada por la comprensión de su completa superioridad sobre la criolla crédula, la que debería convertirse en un trampolín para su ascensión. Después le dirá “Adiós”, y no se pondrá a fingir su piedad hacia ella, asemejándose de tal forma a su ex prometido. Además, ella misma reconoció que la piedad solo humillaba a uno. La dejaría abandonada sin mínima compasión, en cuanto llegue la hora. Los millonarios deben tener un montón de criollas, mulatas y “chicas” de piel negra.

– Espera, aquí no – Eliz hizo parar a su héroe-amante. – La mucama Lourdes trabó un lío amoroso con un huésped – petrolero de Rusia. Alquiló un jeep y se fue con ella a las playas del Caribe, a Trinidad. Sin dificultad alguna podemos penetrar en su bungaló… – lo pronunció ella de una manera conspirativa, desapretando la palma de la mano y mostrando una llave magnética.

– Vamos – no había que persuadir a Lázaro, si se hablaba del sexo en apartamentos lujosos. De adueñarse de algo allí, él tampoco rechazaba esa idea. Verdad es que, yendo por el camino, Elizabeth pudo convencerlo de que no lo hiciera. Además, Lourdes le hizo un gran favor y ella no estaba acostumbrada a recompensar la bondad con una negra ingratitud. Él, a su vez, aceptó lo expuesto por la amante con pocas ganas.

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