—Eso será lo correcto —masculló Izya, mirando también las llamas—. Pero si te torturan... Rumer es un esbirro miserable... —se estremeció—. Pero es posible que nadie te pregunte nada. No sé. Habría que meditar un poco todo esto. Es difícil idear algo así, de repente.
Calló. Andrei seguía removiendo el montón de papeles que ardían entre llamas rojizas que saltaban de un lado a otro. Izya, momentos después, continuó tirando papeles al hogar.
—No tires las carpetas, sólo los papeles —dijo Andrei—. Fíjate, el cartón arde mal. ¿Y no temes que encuentren la carpeta?
—¿Y qué debería temer? —dijo Izya—. Que tema Geiger. Si no la encontraron enseguida, ahora no podrán encontrarla. La tiré en una alcantarilla, y después me pregunté muchas veces si habría caído dentro o fuera... ¿Por qué te pegaron? En mi opinión, tienes unas excelentes relaciones con Fritz.
—No fue Fritz —dijo Andrei, reticente—. Simplemente, tuve mala suerte.
Kensi volvió de repente, acompañado por las chicas. Sobre el impermeable, que llevaban agarrado por las puntas, traían un montón de cartas. Tras ellos venía Dennis, que todavía se secaba el sudor.
—Creo que esto es todo —dijo—. ¿O se les ha ocurrido algo más?
—¡Apartaos! —exigió Kensi.
Bajaron el impermeable junto al hogar y todos se pusieron a tirar las cartas al fuego. El hogar comenzó a zumbar. Izya metió la mano sana en el montón de papeles, escritos con tinta de diferentes colores, sacó una carta y, con su mueca habitual, comenzó a leerla con ansiedad.
—¿Quién fue el que dijo que los manuscritos no arden? —balbuceó Dennis mientras resoplaba. Se sentó tras la mesa y encendió un cigarrillo—. En mi opinión, arden muy bien... Qué calor. ¿Abrimos las ventanas?
De repente, la secretaria chilló, se levantó de un salto y salió corriendo.
—¡Se me había olvidado —susurraba—, se me había olvidado por completo!
—¿Cómo se llama? —se apresuró a preguntar Andrei.
—Amalia —gruñó Kensi—. Te lo he dicho cien veces... Oye, acabo de telefonear a Dupin...
—¿Y qué?
La secretaria regresó con un montón de bloques de notas entre los brazos.
—Estas son todas sus órdenes, jefe —susurró—. Las había olvidado totalmente. Seguro que también hay que quemarlas, ¿sí?
—Por supuesto, Amalia —dijo Andrei—. Gracias por acordarse. Quémelas, Amalia, quémelas. ¿Qué dijo Dupin?
—Quería prevenirlo, decirle que todo estaba en orden, que habíamos eliminado todas las huellas. Y se asombró, preguntó qué huellas eran ésas. ¿Acaso había escrito algo así? Estaba terminando un reportaje detallado sobre el heroico asalto a la alcaldía, y se disponía a escribir un editorial titulado «Friedrich Geiger y el pueblo».
—Es una puta —dijo Andrei, con desgana—. Por cierto, como todos nosotros...
—¡Cuando dices esas cosas, refiérete a ti mismo! —le gritó Kensi.
—Perdona —respondió Andrei, con la misma desgana—. Digamos que no todos somos unas putas. La mayoría, nada más.
Izya soltó una risita repentina.
—Aquí tenemos a una persona inteligente —proclamó, agitando una hoja de papel—. «Es totalmente obvio —leyó—, que la gente como Friedrich Geiger sólo aguardan alguna desgracia importante, no importa que sea de corta duración, basta que constituya una sensible interrupción del equilibrio, para desatar las pasiones y salir a la superficie, montados en la ola del motín...» ¿Quién ha escrito semejante cosa? —Buscó el remitente—. ¡Vaya, por supuesto! ¡A la hoguera, a la hoguera! —arrugó el papel y lo tiró al hogar.
—Escucha, Andrei —dijo Kensi—. ¿No es hora ya de pensar en el futuro?
—¿Y qué hay que pensar? —gruñó Andrei mientras continuaba trajinando con el atizador—. De alguna manera sobreviviremos, resistiremos...
—¡No hablo de nuestro futuro! —dijo Kensi—. Hablo del futuro del periódico, del futuro del Experimento.
Andrei lo miró con asombro, Kensi parecía el mismo de siempre. Como si no hubiera ocurrido nada. Como si nada hubiera pasado durante los últimos meses. Parecía estar más preparado a pelear que en otras ocasiones. Aunque fuera a pelear en nombre de la legalidad y los ideales. Como el martillo de un revólver, esperando que apretaran el gatillo. ¿O sería posible que no le hubiera ocurrido nada a él personalmente?
—¿Has hablado con tu Preceptor? —preguntó Andrei.
—Sí, he hablado —respondió Kensi con aire retador.
—¿Y qué te ha dicho? —preguntó Andrei, sobreponiéndose al pudor habitual que acompañaba siempre a las conversaciones sobre los Preceptores.
—Eso no le incumbe a nadie, y no tiene la menor importancia. ¿Qué pintan aquí los Preceptores? Geiger también tiene un Preceptor. Cada bandido en la Ciudad cuenta con un Preceptor. Pero eso no impide que cada cual piense por sí solo.
Andrei sacó un cigarrillo del paquete, lo ablandó entre los dedos y, frunciendo el ceño a causa del calor, lo encendió pegándolo al atizador incandescente.
—Estoy harto de todo —dijo, muy quedo.
—¿De qué estás harto?
—De todo... En mi opinión, hay que huir de aquí, Kensi. Que se vayan todos al diablo.
—¿Qué es eso de huir? ¿Qué quieres decir?
—Hay que largarse antes de que sea tarde, huir a las ciénagas, adonde el tío Yura, lo más lejos posible de todo este burdel. El Experimento se ha descontrolado, nosotros no podemos controlarlo de nuevo, así que la terquedad no tiene sentido. En las ciénagas al menos tendremos armas, tendremos la fuerza...
—¡No me iré a las ciénagas! —declaró Selma de repente.
—No te lo estoy proponiendo a ti —dijo Andrei, sin volverse.
—Andrei —replicó Kensi—, eso sería desertar.
—Según tú, desertar, pero en mi opinión se trata de una maniobra inteligente. Pero haz lo que quieras. Me has preguntado qué pensaba sobre el futuro, y te respondo: no tengo nada que hacer aquí. De todas maneras, cesarán a todo el consejo de redacción y nos mandarán a recoger babuinos muertos. Bajo custodia. Y eso, en el mejor de los casos...
—¡Y aquí tenemos a otra persona inteligente! —proclamó Izya con admiración—. Escuchad: «Soy un antiguo suscriptor de vuestro diario, y en general apruebo su posición. Pero ¿por qué defendéis constantemente a F. Geiger? ¿Será que no contáis con la suficiente información? Sé, de muy buena tinta, que Geiger ha abierto expedientes a todas las personas de alguna importancia en la Ciudad. Su gente se ha infiltrado en todo el aparato de la municipalidad. Seguramente, también en vuestro diario. Os aseguro que los militantes del PRR no son tan pocos como pensáis. Sé también que cuentan con armas...» —Izya miró el reverso de la carta—. Aja, mira de quién se trata... «Ruego no publicar mi nombre.» ¡A la hoguera, a la hoguera!