Литмир - Электронная Библиотека
A
A

—No —dijo el bibliotecario y salió.

M'sieur Pierre alzó un redondo hombrito.

—Volveré en seguida —murmuró el director saliendo también.

Cincinnatus y su huésped quedaron solos. Cincinnatus abrió un libro y se sepultó en él, es decir, siguió leyendo el primer párrafo una y otra vez. M'sieur Pierre lo miraba con amable sonrisa; había apoyado una garrita sobre la mesa con la palma hacia arriba, como ofreciendo a Cincinnatus hacer las paces. Regresó el director. Traía una chalina de lana apretándola fuertemente con el puño.

—Quizá le sea útil, M'sieur Pierre —le dijo; luego le entregó la chalina, se sentó, bufó ruidosamente, como un caballo, y comenzó a examinar su pulgar, de cuyo extremo una uña rota colgaba como una hoz.

—¿De qué estábamos hablando? —exclamó M'sieur Pierre con tacto encantador, tal como si nada hubiera ocurrido—. Sí, hablábamos de fotografías. Algún día voy a traer mi cámara y tomaré su fotografía. Será divertido. ¿Qué está usted leyendo? ¿Me permite mirar?

—Debería dejar el libro —observó el director con tono exasperado—; después de todo tiene usted un invitado.

—Oh, déjelo —sonrió M'sieur Pierre. Hubo una pausa.

—S£ está haciendo tarde —dijo el director después de consultar su reloj.

—Sí... en seguida nos iremos... Vaya, qué pequeño gruñón... Mírenlo, sus labiecitos tiemblan... en cualquier momento el sol atisbará por entre las nubes... ¡Gruñón, gruñón...!

—Vámonos —dijo el director, levantándose.

—Un momento... Me gusta tanto estar aquí que me cuesta arrancar... De cualquier modo, mi querido vecino, me aprovecharé de su permiso y le visitaré a menudo, a menudo, es decir, por supuesto, si me concede usted permiso, y lo hará, ¿no es cierto? Hasta la vista, entonces. ¡Hasta la vista! ¡Hasta la vista!

Con una cómica reverencia, imitación de alguien, M'sieur Pierre se retiró; otra vez el director lo tomó del codo, emitiendo voluptuosos sonidos nasales. Salieron, pero se oyó su voz diciendo —Discúlpeme, olvidé algo, lo alcanzaré en un instante—, y el director entró a borbotones en la celda; se acercó a Cincinnatus y por un instante la sonrisa abandonó su rostro púrpura:

—Estoy avergonzado—, siseó entre dientes —avergonzado de usted. Se comportó como un... Ya voy, ya voy—, gritó sonriendo nuevamente; luego arrebató de la mesa el florero con las peonías, y salpicando todo de agua, dejó la celda.

Cincinnatus siguió mirando el libro. Una gota había caído sobre la página. A través de la gota, varias letras se habían convertido de breviario a cicero, habiendo crecido como si yaciera sobre ellas un lente de aumento.

CAPÍTULO VIII

(Hay algunos que sacan punta a un lápiz hacia sí mismos, como si estuvieran pelando una papa, y hay otros que cortan hacia afuera, como cercenando una vara... Rodion pertenecía a estos últimos. Tenía un viejo cortaplumas con varias hojas y un sacacorchos. El sacacorchos dormía afuera.)

«Hoy es el octavo día (escribió Cincinnatus con el lápiz, que había perdido más de una tercera parte de su longitud) y no sólo aún estoy vivo, es decir la esfera de mi propio ser aún limita y eclipsa mi yo, sino que, como cualquier otro mortal, desconozco la hora de mi muerte y puedo aplicarme a mí mismo una fórmula común: La probabilidad de un futuro disminuye en proporción inversa a su lejanía. Por supuesto en mi caso la prudencia exige que piense en términos muy pequeños —pero está bien, está bien— estoy vivo. Anoche tuve una sensación extraña —y no es la primera vez—: Me sacan capa tras capa, hasta que al final... no sé cómo describirlo, pero sí sé esto: a través del proceso de despojamiento gradual alcanzó el último, indivisible, firme, radiante punto, y este punto dice: ¡Yo soy! Como un anillo de perla en medio de la grasa sanguinolenta de un tiburón. —Oh mi eterno, mi eterno... y este punto es suficiente para mí— en realidad nada más es necesario. Quizá como un ciudadano del próximo siglo, un invitado que llega antes de tiempo (el anfitrión todavía no se ha levantado), quizá simplemente una extravagancia de carnaval en un mundo expirante y desesperanzadamente festivo, he vivido mi vida agonizando, y me gustaría describirles esa agonía —pero me obsesiona el temor de no tener tiempo suficiente. Desde que me recuerdo —y me recuerdo con licenciosa lucidez, yo he sido mi propio cómplice, que sabe demasiado, y por lo tanto es peligroso. Surjo de tan quemante negrura, giro como una peonza con tal fuerza impelente, tales lenguas de fuego, que hasta el día de hoy ocasionalmente siento (a veces durante el sueño, a veces mientras me baño con agua muy caliente) ese primitivo latido de mi ser, ese primer estigma, el impulso de mi "yo". ¡Cómo emergí, resbaladizo, desnudo! Sí, desde una región prohibida e inaccesible para los demás, sí. Yo sé algo, sí... pero aún ahora, cuando de todos modos todo está terminado, aún ahora, temo que podría corromper a alguien. ¿O nada resultará de lo que estoy tratando de decir? Quedando como únicos vestigios los cadáveres de palabras estranguladas, como hombres colgados... siluetas vespertinas de gammas y gerundios, cuervos de patíbulo. Pienso que preferiría la cuerda, aunque sé positiva e irrevocablemente que ha de ser el hacha; una pequeña fracción de tiempo ganada, tiempo, que ahora me es tan precioso que valoro cada tregua, cada aplazamiento... quiero decir tiempo asignado para pensar; el permiso que le otorgo a mis pensamientos para un viaje gratis de la realidad a la fantasía y regresar... Y quiero decir muchas otras cosas también, pero la falta de habilidad para escribir, la prisa, excitación, debilidad... Yo sé algo. Yo sé algo. Pero es tan difícil expresarlo. No, no puedo... quisiera abandonar, mas siento en mí algo que bulle y se levanta, que cosquillea, que puede volverlo a uno loco si no lo expresa de alguna manera. Oh no, no me deleitaré en mí mismo, no roe acaloraré luchando con mi alma en un cuarto oscuro; no tengo deseos, salvo eí de expresarme —en oposición a la madurez del mundo entero—. Qué miedo tengo. Estoy enfermo de espanto. Pero nadie me apartará de mí mismo. Tengo miedo y ahora pierdo el hilo que tan bien palpaba hace sólo un instante. ¿adónde está? ¡Se me ha escapado del puño! Tiemblo sobre el papel, muerdo el lápiz hasta el grafito, me encorvo para esconderme de los ojos penetrantes que a través de la puerta me pinchan la nuca, y parece que me hallo a punto de hacerlo pedazos todo. Estoy aquí por error —no específicamente en esta prisión— sino en este mundo terrible y desguarnecido, un mundo que no es la obra de un artesano aficionado, sino que en realidad es horror, calamidad, locura, error; miren el tótem asesina al turista, el gigantesco oso tallado descarga su mazo de madera sobre mí. Y así y todo, aún desde mi más temprana edad he tenido sueños... En mis sueños el mundo estaba ennoblecido, espiritualizado; gentes que despierto me inspiran temor, aparecían allí en una refracción de débil resplandor, como imbuidas y envueltas por esa vibración de luz que en los días de tormenta sugiere vida al simple perfil de los objetos; sus voces, sus pasos, la expresión de sus ojos y aun sus ropas adquirían una significación excitante; para decirlo de manera más simple, en mis sueños el mundo cobraba vida, llegando a ser tan seductoramente majestuoso, libre y etéreo, que más tarde resultaba opresivo respirar el polvo de esta vida pintada. Pero ya me había hecho yo al pensamiento de que lo que nosotros llamamos sueños es una semirealidad, promesa de realidad, una visión anticipada, un soplo de ella; es decir, ellos contienen, en un estado muy vago y diluido, una realidad más genuina que nuestra jactanciosa vida de vigilia, la que a su turno, está semi-dormida; una somnolencia aciaga adonde los sonidos y las vistas del mundo real, fluctuando más allá de la periferia de la mente —como cuando uno escucha durante el sueño una espantosa historia de terror porque una rama raspa el cristal de la ventana, o se ve a sí mismo hundido en la nieve porque la frazada se ha resbalado. Pero, ¡cómo temo al despertar! Cómo temo ese segundo, o más bien esa fracción de segundo, ya repentinamente interrumpida, cuando, con un gruñido de leñador. —Pero, ¿qué tengo que temer? ¿No será para mí simplemente la sombra de un hacha y no escucharé el vigoroso gruñido descendente con oídos de un mundo distinto? ¡Aún tengo miedo! No se lo puede borrar tan fácilmente. Tampoco es bueno que mis pensamientos se mantengan encajados dentro de la cavidad del futuro. Quiero pensar otras cosas, aclarar otros puntos... pero escribo oscura y débilmente, como el lírico duelista de Pushkin. Pienso que muy pronto desarrollaré un tercer ojo en la parte de atrás del cuello, entre dos frágiles vértebras: Un ojo encolerizado, con la pupila dilatada y venas rosadas en su globo satinado. ¡No se acerquen! Más fuerte aún, con voz más ronca: ¡No toquen! ¡Puedo verlo todo! Y cuán a menudo suena en mis oídos el sollozo que estoy destinado a lanzar y la terrible gorgoteante tos emitida por el aprendiz de decapitado. Pero todo esto no es la cuestión, y mi discurso de sueños y vigilias no es la cuestión... ¡Un momento! Siento una vez más que realmente debo expresarme, tengo que cercar las palabras. Ay, nadie me enseñó esta clase de caza, y el viejo arte innato de la escritura hace ya mucho que ha sido olvidado —olvidados están los días en que no necesitaba de la enseñanza, pero se encendía y ardía como el fuego en un bosque— hoy parece tan increíble como la música que se extraía de un monstruoso piano, música que se agitaba ligeramente o de pronto cortaba al mundo en grandes y brillantes bloques. —Yo me entiendo perfectamente, pero ustedes no son yo, y allí reside la irreparable calamidad. No sabiendo cómo escribir, pero sintiendo con mi criminal intuición cómo se combinan las palabras, lo que debe uno hacer para que una palabra vulgar cobre vida y comparta el brillo, el calor, la sombra de su vecina, mientras a su vez se refleja en sus vecinas y las renueva de modo que toda la línea está viva, iridiscente; aunque percibo la naturaleza de esta especie de parentesco de palabra, sin embargo no soy capaz de realizarlo, más eso me es indispensable para cumplir mi tarea, una tarea que no es de ahora ni de aquí. ¡Aquí no! El horrible "aquí", el oscuro calabozo, dentro del cual está encarcelado sin piedad un aullante corazón, este "aquí" me restringe y me limita. Pero qué fulgores atraviesan las noches, y qué existe. Mi mundo de sueños existe, tiene que existir, ya que, con seguridad, tiene que existir un original de la copia chabacana. Soñador, redondo, y azul, gira lentamente hacia mí. Es como si uno yaciera boca arriba, con los ojos cerrados, en un día nublado, y de repente las tinieblas se agitan debajo de los párpados y suavemente comienza primero una lánguida sonrisa, desde luego una cálida sensación de contento, y uno sabe que el sol ha salido de detrás de las nubes. Con una sensación tal, comienza mi mundo: la atmósfera brumosa se aclara gradualmente, y se difunde, con tan radiante, trémula benevolencia, y mi alma se expande tan libremente en esa su región natal —¿pero entonces qué, entonces qué?— Sí, en esta línea es donde pierdo el dominio... Lanzada al aire la palabra explota, como explotan al ser traídos por la red, a la superficie, esos peces esféricos que sólo respiran y brillan en la comprimida oscuridad de las profundidades. Sin embargo hago un último esfuerzo —y creo haber tomado mi presa... —pero sólo es una fugaz aparición de ella. Allí, también, là-bas, la mirada de los hombres brilla con inimitable comprensión; allí las extravagancias que aquí son torturadas, caminan libremente; alli el tiempo toma forma de acuerdo al placer de cada uno como un tapete con dibujos cuyos pliegues pueden ponerse " en forma tal que dos dibujos se encuentren y luego se lo pueda extender nuevamente, y uno sigue viviendo o sobrepone la imagen siguiente sobre la última, sin fin, con la ociosa concentración de una mujer que elige un cinturón que combine con su vestido —ahora ella se desliza en mi dirección, golpeando rítmicamente el terciopelo con sus rodillas, comprendiéndolo todo y siendo comprensible para mí... Allí, allí están los originales de esos jardines donde acostumbrábamos a vagar y escondernos en este mundo; allí todo se le revela a uno por su encantadora evidencia; allí brilla el espejo que una que otra vez envía hacia aquí un reflejo casual... Y lo que digo no es, no, lo exacto, y estoy empezando a confundirme, a no llegar a ningún lado, a decir tonterías, y cuanto más muevo y busco en el agua tentando el arenoso fondo tras una visión que he vislumbrado, más turbia se vuelve y disminuyen las posibilidades de que la encuentre alguna vez. No, aún no he dicho nada, o quizá sólo palabras pedantes... y al ; final lo lógico sería abandonar, y yo lo haría si estuviera trabajando para un lector de hoy, pero como no hay en el mundo un ser humano que pueda hablar mi lenguaje; o simplemente, ni un sólo ser humano; debo pensar sólo en mí mismo; sólo en esa fuerza que me urge a expresar— me. Tengo frío, me siento débil, tengo miedo, mi nuca disimula y adula, y nuevamente mira con loca intensidad, pero, a pesar de todo, estoy encadenado a esta mesa como un jarro a una fuente y no me levantaré hasta que haya dicho lo que quiero. Repito (juntando nuevo impulso al ritmo de recurrentes encantamientos), repito: hay algo que sé, hay algo que sé, hay algo que sé... cuando era todavía niño, viviendo aún en una casa grande, fría, color amarillo canario, donde me preparaban, a mí y a cientos de otros niños para una segura no-existencia como muñecos adultos, donde todos mis coetáneos se transformaban sin esfuerzo o dolor; ya entonces, en esos execrables días, entre libros de género y material escolar brillantemente pintado y corrientes de aire que helaban hasta el aliña, yo sabía sin saber, yo sabía sin dudar, yo sabía cómo uno se conoce a sí mismo, yo sabía lo que es imposible saber y, yo diría, yo sabía aún con más claridad que hoy. Es que la vida me ha gastado: la continua intranquilidad, la ocultación de mi conocimiento, el fingimiento, el temor, un doloroso desgastarse de todos mis nervios —no venderse, no traicionarse...— y aún hoy siento un dolor en esa parte de mi memoria donde está grabado el mismísimo comienzo de este esfuerzo, o sea el momento que comprendí por primera vez que las cosas que me parecían naturales eran en realidad prohibidas, imposibles, que cualquier pensamiento sobre ellas era criminal. ¡Cuán bien recuerdo ese día! Acababa de aprender a hacer letras, ya que me recuerdo llevando en mi dedo meñique el pequeño anillo de cobre que se otorgaba a los niños que ya sabían copiar las palabras modelo de los canteros del jardín de la escuela, donde las petunias y las caléndulas deletreaban largos refranes. Estaba sentado con los pies apoyados en el umbral de la ventana y contemplaba cómo mis condiscípulos, vestidos como yo con una especie de larga camisa rosa, daban vueltas tomados de la mano alrededor de un mástil pintado. ¿Por qué me dejaron fuera? ¿Como castigo? No. Más bien la renuencia de los otros niños a jugar conmigo y el mortal embarazo, vergüenza y melancolía que yo sentía cuando me unía a ellos, me hacía preferir ese blanco escondrijo claramente marcado por la sombra de la ventana entreabierta. Podía oír las exclamaciones exigidas por el juego y las estridentes órdenes de la "pedagoguette" pelirroja; podía ver sus rizos y sus gafas y con el asqueado horror que nunca me abandonaba, la observé dar a los más pequeños, empujoncitos paral hacerles girar más rápido. Y esa maestra y el mástil pintado, y las blancas nubes que dejaban pasar el sol de veza en cuando, y entonces arrojaba una luz apasionada que! buscaba algo, y entonces estaban repetidos en el llameante cristal de la ventana abierta... En una palabra, sentí tal temor y tristeza, que traté de sumergirme dentro de mí mismo, de reducir mi ritmo y escaparme de la vida sin' sentido que me llevaba hacia adelante. Justo entonces, al final de la galería de piedra donde yo estaba sentado, apareció el profesor —no recuerdo su nombre— un hombre gordo, sudoroso, de pecho velludo, camino al baño. Desde lejos me gritó, su voz amplificada por la acústica, que fuera al jardín; se aproximó rápidamente, blandió su toalla. En mi tristeza, en mi abstracción, inconsciente e inocente-¡mente, en lugar de descender al jardín por las escaleras (la galería estaba en el tercer piso), sin pensar lo que hacía, sino actuando en realidad obedientemente, hasta con sumisión, salí por la ventana al elástico aire y sintien— do sólo una especie de sensación de estar descalzo (aunque llevaba zapatos) lentamente y con absoluta naturalidad eché a andar, todavía chupándome el dedo en que esa mañana me clavara una astilla... De pronto, sin embargo, un extraordinario y ensordecedor silencio me despertó de mi sueño y vi debajo, cual pálidas margaritas, las levantadas caras de los estupefactos niños, y a la pedagoguette, que parecían estar cayéndose de espalda; también vi los globos de los podados arbustos y la descendente toalla que aún no había llegado al poste; me vi a mí mismo, un muchacho vestido de rosa, de través en medio del aire; dan— dome vuelta, vi, a sólo tres pasos aéreos de mí, la ventana que acababa de dejar, y con su velluda mano extendida en malevolente sorpresa, al-».

17
{"b":"142680","o":1}